Hace poquito, tuve la fortuna de
descubrir dónde terminar el arco iris. Sí, eso que buscaban desde hace años y
siglos nuestros ancestros, esa olla llena de monedas de oro, ese tesoro
inconmensurable, esa fortuna... Y no van a poder creerlo, pero estuvo siempre
frente a mí, sólo que no lo vi hasta estos últimos fines de semana.
No podría haber sido más claro.
Tantas señales, tantas muestras y yo, incrédula, sin darme cuenta. La bruma de
las cataratas que nos bañaba y refrescaba, además del sonido ensordecedor que
fue la melodía perfecta, hicieron de ese descubrimiento el momento más
maravilloso que viví en el último tiempo.
Siempre atenta buscando el
arco iris, sabía que allí debía estar, por el sol que abraza en Misiones, y por
la bruma húmeda del agua que cae con una fuerza increíble. Y tal como lo
imaginaba, allí estaba. Lo encontré! Y a medida que nos internábamos en la
selva y en el corazón de las cataratas, más me acercaba a ese lugar donde
termina el arco iris y donde se supone que encontraría el preciado tesoro. Y me
moví tratando de alcanzar ese preciso lugar. Contra todos mis pronósticos,
llegué. No había duendes, ni gnomos, ni clarinetes que anunciaran que había
llegado. Nada de lo que hubiera imaginado. La imaginación, al menos la mía,
vuela sin límites, sin ambiciones y sin problemas.
Y lo encontré. Allí estaba. Casi
que no podía creerlo. Pero así era: el arco iris moría –¿o nacía?- en mis pies. Sí!
Desde mí misma, vi nacer el arco iris. Hasta ese momento, no pude notarlo tan
claramente. Porqué buscar la fortuna más allá de mí, si siempre estuvo acá,
adentro, tan mía, tan propia, tan clara. Y creo que a partir de este viaje, de
ese descubrimiento, algo nuevo comenzó a gestarse, algo diferente nació en ese
viaje, de compartir, de reconocerse, de re-crearse, de emparejar pasos y
caminos.
¿Será que es así? ¿Que el mayor
tesoro lo tengo conmigo? ¿Que sólo necesitaba verlo? ¿Que las señales a veces
no son claras y necesité experimentarlo para convencerme? Pensé, entonces, en
los verdaderos tesoros que guardo: el hombre que elijo en cada amanecer y cada
noche, el mismo que me elije a cada instante, la familia que adoro y que me
constituye, los amigos que necesito y me hacen ser quien soy, el hogar que
formé a fuerza de llantos y de sonrisas, los logros muchas veces no valorados y
las lágrimas que limpian y dan fuerza, los recuerdos y los proyectos. Y lo vi,
tan claro, tan sencillo, tan palpable. Y ahora lo siento, tan adentro, desde
las entrañas, tan vivo. Y doy gracias, desde lo más profundo, a la vida, a la
naturaleza, al amor.
¿Será que sí?


