Ayer pasó algo fuera de lo común para mí,
otra marcha pero diferente, impactante.
Fue dolido, sentido, y maravilloso a la vez.
Vi muchas gentes y parecían millares.
Vi decenas de rostros de mujeres ausentes,
traídas por sus familias y amigos.
Vi expresiones de dolor y llantos,
vi abrazos, besos cariñosos y parejas tomadas de las manos,
vi apoyo, códigos y complicidades.
Vi gente irreverente enfrentando la indiferencia y la violencia,
vi mujeres fuertes sostener a sus ancianas y cargar a sus hijos.
Sentí mi piel estremecerse y mis ojos humedecidos.
Vi polleras de todos los largos y colores,
vi animal print y botas, musculosas y shorts,
vi piernas con yesos, jeans y remeras,
vi trajes y corbatas, mantas y banderas,
vi velos de luto, de novias y de monja,
vi sillas de ruedas, carritos de bebés, bicicletas y un monopatín.
Vi capuchas y piercings, vi travestis y belleza,
vi pechos descubiertos y máscaras en la cara,
vi mujeres vestidas de muerte y dolor.
Vi un varón, y luego otro, y después más y eran muchos,
vi niñas y niños, bebés, mujeres de diferentes edades,
vi panzas de embarazos y futuros elegidos,
vi ancianos, bastones y uniformes.
Vi rostros de tristeza y miradas de emoción,
vi lágrimas y deseos, vi fuerza y coraje,
vi siluetas y caras, vi carteles y ruegos.
Vi miles y miles, vi la ciudad rebalsada,
vi una sociedad diferente, insurgente,
vi otra educación para los que vienen, otros modelos,
vi cansancio y hartazgo, vi desafíos y promesas.
Vi futuro y vi pasión.
Sentí que éste es un nuevo amanecer, un despertar.
Volví con el pecho inflado y la mirada aún sorprendida,
llegué con la emoción por la multitud, por los rostros y los recuerdos,
volví con lágrimas en el alma, con fotos en los ojos y con dolor en el cuerpo.
Me cobijé en el abrazo profundo de mi hombre,
me acuné en su compromiso, su respeto y su compañerismo.
Me dormí en el regazo de un nuevo sueño,
de equidad, de coraje, de libertad y justicia.
jueves, 4 de junio de 2015
miércoles, 3 de junio de 2015
Mujeres fuertes I: #NiUnaMenos
Hace un tiempo, empezó a escucharse cada vez con más fuerza el grito de #NiUnaMenos. Y así llegamos a hoy, 3 de junio, con este deseo, este pedido, con este grito desde las entrañas, profundo, acompañado de esa mirada desafiante de las mujeres empoderadas, conscientes de su situación, de nuestra situación; envalentonadas por el cansancio, por la injusticia, por la falta de respeto y de reconocimiento. Mujeres que nos revelamos contra el machismo, la misoginia, el golpe, la tradición y la indiferencia. Mujeres que aguantan, que sobrevuelan, que agitan y molestan. Mujeres que se hacen oír, que logran el apoyo de sus hombres, que crían los hijos del mañana, que lloran las muertas del presente.
No es de ahora, no. Mi vida transcurrió de la mano de las luchas y silencios de las mujeres. Cuando nací, un grupo de valientes ya recorría la plaza y la ciudad, buscando a sus hijos, reclamando a sus nietos, poniendo en valor la vida y la libertad. Y así fue sin gritos, sin llantos pero con lágrimas, que las mujeres remontaron la indiferencia, el silencio y el miedo. Se enfrentaron a ellos, los combatieron, se identificaron en el abrazo y el pañuelo blanco, se encontraron en la ronda, en la plaza y el deseo. Su grito silencioso se escuchó. Todavía se oye el eco…
Y crecimos, ¿nos hicimos más fuertes? La permanente desplazó la vincha y el rock en femenino invadió las radios. Salió la ley de divorcio y ya no tuvimos que soportar el matrimonio hasta que la muerte nos separe. Los modelos se dividían entre la “bebota” o un estereotipo de mujer-objeto y el modelo de mujer-Utilísima. En este último, encajaban muchas de las mamás de las compañeras, que se quedaban horas charlando en la puerta del “colegio de señoritas” al que concurríamos o tomando un café y conversando sobre las travesuras de los niños. Recuerdo haber conocido algún caso de violencia doméstica, pero en aquel momento, no se hablaba del tema, se escondía, se tapaba. Pero igual, hubo algo primordial que fue defender y amar la familia argentina, rezando y promoviendo parejas bien constituidas… a cambio de... ¿qué?
Iniciamos los noventa empoderadas. ¿Empoderadas? La década nos sorprendió con el asesinato de una chica que tenía apenas unos tres años más que yo. Se reanudaron las llamadas marchas del silencio que se desarrollaron durante años pidiendo el esclarecimiento de este asesinato en manos de los hijos del poder. Nunca hubo justicia, el culpable fue condenado, cumpliendo menos de la mitad de la pena y jamás se investigó el encubrimiento político y policial. Seguimos… Nació la ley de cupo que nos aseguró unas bancas en el parlamento. Porque es necesario establecerlo por ley, para que la igualdad nos alcance, ¡claro! Y el cupo es del 30%, no sea cosa que el 50% suponga demasiada igualdad. De todas formas, parece no haber sido útil para la defensa de nuestros derechos. Mientras, el neoliberalismo invadió el hogar. Resultó que la nueva economía basada en los servicios se dio mejor para la mujer que para el hombre. Corrimos más rápido que la igualdad, porque no nos alcanzó: trabajábamos todo el día, volvíamos a casa, cocinábamos, limpiábamos, nos ocupábamos de los niños, planchábamos (¡por favor!) y entreteníamos al hombre de la casa. Elegimos el no seré feliz pero tengo marido, al qué-dirán. Empoderadas…
Y se vino la crisis del 2000. El trueque dominó la economía en los primeros años. Se nos dio más fácil, porque pensar en la subsistencia de la familia, nos sale más fácil. Pasados los tiempos difíciles, la maternidad se postergó, porque el crecimiento profesional no nos permitía ocuparnos de todo y, en nuestra exigencia laboral, es impensado tomarse tres meses de licencia para ser madre... Así corrimos del trabajo, al curso, luego a la maestría, y al gimnasio. Volvíamos a casa, agotadas, pero divinas, a ocuparnos de los quehaceres domésticos. Cerca de los cuarenta nos acordamos de ser madres, pero no siempre la voluntad caminó de la mano de la realidad. Las que eran madres, además de todo, se dedicaron a cambiar pañales y a asistir a las reuniones de padres, como si se tratase de familias monoparentales. Las mujeres llegamos al poder, a nivel nacional y en la ciudad. Fuimos subiendo escalones. Sin embargo, no fue tan fácil y nuestra participación en el parlamento no supo transparentarse en leyes que protegieran nuestros derechos. Seguimos rindiendo el doble para demostrar la supuesta igualdad. Seguimos cobrando menos, por el mismo trabajo. Nos consideramos chicas del 2000, pero el término equidad ni asoma en la agenda.
Llegamos a la mitad de esta década y no tenemos muchas conquistas que festejar. Nos animamos a un poquito más, al menos a denunciar. Copamos ya muchos lugares de poder y de trabajo, pero no es suficiente. La violencia verbal, física, psicológica, laboral, mediática, simbólica cobró un lugar más importante entre las noticias de los diarios. No aprendimos. Seguimos aguantando que algunas y algunos pregunten qué hiciste para que tu marido te golpee. Seguimos riéndonos del cartel que reza “Marta volvé que no te pego más” seguido por un mentiroso “Te amo”. Seguimos soportando a mujeres, que se valen de lo peor, para sentirse poderosas o ejercer una supuesta autoridad. Seguimos justificando atrocidades escudados en la condición social, la edad del despertar sexual o el largo de la pollera. Todavía criamos a nuestros hijos siguiendo los viejos modelos. Consideramos como rara a una mujer porque no sigue los cánones sociales que nos fueron impuestos. Todavía toleramos que los hombres se "ratoneen" al imaginarnos con nuestras parejas homosexuales. Aún llamamos piropo al acoso en la calle y toleramos que crean que nos gusta que nos digan “qué buen culo”. Mentimos sobre los embarazos por temor a despidos, mentimos sobre los abortos por temor a la falsa moral, y así nos seguimos muriendo. Seguimos sin brindar educación sexual en las escuelas, sin hablar con nuestros hijos, sin ofrecer posibilidades de decidir ni de planificar como nos corresponde. Las estadísticas nos siguen alarmando. Seguimos silenciando un montón de temas aunque nos consideramos super abiertas. Justificamos lo injustificable. En nombre del amor y la familia, seguimos ocultando las peores mentiras. Nos creemos crecidas, maduras, y el ejemplo que dejamos a las que nos siguen, dista mucho de lo que merecemos. Debemos educar mejor a nuestros niños y permitir crecer más libres a nuestras hijas.
Hoy nos unimos en el grito de #NiUnaMenos. Tal vez la plaza sea, nuevamente, testigo silenciosa del nacimiento de una nueva era para nosotras. La estadística nos pellizcó. Los gritos, llantos y nombres de nuestras compañeras en los diarios y la televisión, nos despertaron. Las desaparecidas en democracia nos horrorizan a cada instante. La complicidad maldita de políticos y poderosos en redes de trata y prostitución forzada no nos deja dormir tranquilas. No queremos lamentar más muertes, no queremos escuchar más gritos ni llantos, no queremos más búsquedas interminables para saber dónde están nuestras amigas, compañeras, hijas, madres, tías, primas... Queremos cuidarnos y protegernos entre nosotras, contando con los varones que se suman a este reclamo. Queremos justicia y que los femicidas y los que nos lastiman paguen su culpa. Queremos que la justicia opere, que sea justa –aunque suene a redundancia- y efectiva. Porque si lastiman a una, nos dañan a todas. Porque si matan a una más, nos derrotan a todas. Porque si otra más desaparece, nos vamos muriendo todas…
Nos hicimos más fuertes por los golpes, los insultos, los horrores, las torturas. Pero tenemos que hacernos más fuertes aun porque la ley que nos ampara todavía no se cumple. Nuestras fuerzas de seguridad siguen velando por el ocultamiento, bajo el mirar silencioso y cómplice de los poderes del Estado. No vamos a dejar que esto siga pasando. Somos fuertes, mujeres. Hagámonos escuchar. Hagámonos valer. Aquí estamos. Otra vez, una marcha, ya no silenciosa, sino que pide a gritos: #NiUnaMenos.
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