domingo, 27 de diciembre de 2015

Mis deseos para vos

Son paz y amor
mis deseos para vos.
Paz en los caminos
que elijas transitar,
en la almohada y en el hombro
donde busques descansar.
Amor en los silencios
que prefieras resguardar,
en las palabras y en los gestos
que decidas regalar.
Paz en la mirada,
en la vida
y en el andar.
Amor en la sonrisa,
el deseo
y en el dar.
Paz en las decisiones,
en los sueños,
en las ilusiones.
Amor en los sentidos,
en los puentes,
en los latidos.


sábado, 26 de diciembre de 2015

Ella y el piano

Piano. Suave.
Ella posó sus pequeñas manos
sobre las teclas del piano, ya viejo.
Los sonidos se escucharon calmos,
disfónicos pero vivos.
Ella jugó con las teclas,
las blancas y las negras.
Dirimió bemoles y sostenidos,
guerra y paz. Calma.
Ella compuso frases e historias,
tejió cuentos y partituras.
Dirigió una ardua batalla
de graves y agudos. Armonía.
Las teclas y las cuerdas
bailaron acompasadas.
Sus cinco años dibujaron la nueva clave,
tan resuelta, simple y cierta.
Sus manitos se movieron
delicadas, en escala.
Su cabeza y el cabello
bailaron al son del piano,
mientras mirábamos, atónitos,
los más experimentados.
Una mueca de sonrisa
también de orgullo,
se delineó en los labios. Todos.
En clave de fa o de sol,
sus codos bailaban,
sus manos salticaban.
Sus piecitos apenas rozaban
el pedal. Reposado.
Su imaginación construía,
escribía, murmuraba, gritaba.
Nos estremeció su sabiduría
de pequeña gran artista,
la simpleza, la certeza:
'Dice mi mente que el piano
es como si dijera palabras.'
Dirigió una ardua batalla
de graves y agudos. Armonía.
Y así construyó un mundo
de negras, blancas y corcheas.
Melodía. Pentagrama.
Piano. Forte.



jueves, 8 de octubre de 2015

Dejáme pensar lindo

Dejáme pensar lindo,
volar, sentir y emocionarme.
Como si la vida se acabara ahora mismo,
déjame pensar en hacer todo aquello que deseo.
Como una niña,
quiero saltar con ahínco en la cama,
quiero hundir mis pies en el barro y
andar en bici bajo la lluvia.
Quiero sentir el viento en la cara,
la lluvia en los hombros y
la fuerza en los pies.
Como una anciana,
quiero sentir el frío colándose en la ventana,
el repicar de las gotas en las tejas y
el ronroneo de los gatos en la almohada.
Quiero sentarme en la mecedora,
abrigarme con tejidos de lana,
y tararear el vals.
Dejáme pensar en grande,
soñar, viajar y volver a enamorarme.
Como si la vida fuera estar de vacaciones,
dejáme pensar en volar sin horarios,
en elegir diferentes destinos para cada tarde,
en cerrar los ojos y saborear un nuevo mar.
Dejáme encerrarme en mis sueños,
desplegar las alas y sentir que vuelo.
Dejáme volar, más alto y más lejos,
recorrer mil mundos, vivir mil tierras.
Dejáme pensar lindo.


lunes, 28 de septiembre de 2015

Luna de sangre

Luna llena
de una primavera lluviosa,
de un septiembre apagado.
Luna de sangre
que llora las penas
de un invierno oscuro.
Luna que limpia
los gritos atrasados
de un otoño interminable.
Sangre que escurre
de las entrañas dormidas
de mi cuerpo expectante.
Luna que anuncia
cielos de colores
y noches de primavera.
Estrellas que refulgen
promesas de vientos
en un cielo nublado.
Cicatrices sanando
muertes tempranas
y madrugadas insomnes.
Luna que promete
cerrar las heridas
y despabilar los sueños.
Luna que se acerca
a nuestros deseos genuinos,
que escucha nuestras súplicas.
Sangre que seca,
que coagula las heridas
y sana las miserias.
Luna de sangre
que da a luz esperanzas,
que ilumina la almohada.


jueves, 17 de septiembre de 2015

Ahora

Me intriga
verte en tus espacios
en esos que no compartimos,
en tu trabajo,
en el colectivo,
en tus vidas pasadas.
Me inquieta
saber quién fuiste
antes de estar conmigo,
qué hiciste,
quién te soñó,
quién cuidó tus sueños.
No sé cómo fue la vida
antes de conocernos,
de despertarnos juntos,
del beso de buenas noches.
Me duele
no haber estado cerca
en tus peores momentos,
en los más terribles,
en los del silencio.
Disfruto ahora
tenerte cerca,
en el abrazo y el consuelo,
a los gritos y en silencio.
Quiero ahora
no perderte de vista,
protegerte, cuidarte,
velar tus noches y mirarte.
Me gusta ahora
saber que te cuento
en las buenas y en las malas,
en las risas y en los llantos,
en los negros y en los blancos
.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Microrrelato: Sale el sol

El despertador no sonó o lo apagaron.
De repente, la claridad la despierta, mira la hora y es tarde.
Él se viste apurado y se va.
Antes la besa, una y otra vez. No importa la hora, porque el tiempo se detiene cuando están juntos.


Microrrelatos: Sale el sol

Paro de llover, al fin. Hace días que no sale el sol. 
Ella apaga las velas y corre a abrir las ventanas. Calienta el agua y renueva el mate.
La brisa seca invade el salón, el hogar.
Él la besa largamente. Sale el sol.


Microrrelatos: Cae el sol...

Cae el sol del otro lado del río.
El ambiente se hace promesa y la arena sella un pacto de amor. 
Cae el sol y la noche los abraza, los confunde.
Son eternos. Y en silencio, se dijeron todo.


Microrrelatos: Cae el sol...

Cae el sol allá, a lo lejos.
Más cerca, el mar agitado rompe el compás. Se esconden las mariposas y el viento desafina una melodía conocida.
Cae el sol y la música se hace más grave. Es el contrabajo.


Microrrelato: Cae el sol...

Cae el sol aquí y ahora. Cerró los ojos delicadamente y se fue en un viaje sin retorno. Nos invade el silencio y la tristeza.
La vida juega en un subibaja, sin reglas. Aquí se pone el sol, y del otro lado del mundo, asoma. 
Y así, una noticia rompe el silencio y la noche. Renacen las esperanzas y aparece la sonrisa. Aquí y ahora, sale el sol.



jueves, 3 de septiembre de 2015

Microrrelato: Hoy, el mar

El mar no quiso esconder su suerte. Lo devolvió a la playa de la que partió soñando siempre.
Parece dormido, pero sus sueños se hundieron. Como miles de sueños de mundos mejores, de ilusiones y de puentes.
El mar no quiso esconder su suerte. Hoy nos ahoga un llanto en silencio, nos conmueve una historia.
Hoy nos inunda la angustia. Ojalá nos despierte, nos avive, nos comprometa con mundos mejores, con ilusiones, con comuniones.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

Microrrelato: Cae el sol...

Cae el sol tras el puente, se lleva lágrimas de un día que parece no tener fin.
Se acaba la tarde y cae el sol, el puente ya no conecta las tierras, ya no cruje...
El cielo cambia sus colores, se viste de cítricos y de otoños...
Ruge el viento en esta tarde, cae el sol, se apaga el fuego.




viernes, 28 de agosto de 2015

3, 2, 1...

1, 2, 3. Y cuenta regresiva. 3, 2, 1. Explosión de ideas, de imágenes, de pensamientos rápidos. Metralleta de sentimientos. ¿Por dónde empezar? Desorientada, ella buscaba un orden. Establecer un orden. El statu quo de lo que tantas veces había hablado en sus épocas de la facultad. Una mezcla de alegría, ¿o felicidad?, incertidumbre, deber, querer, mandatos, deseos, la invadía.

Era un 3 de agosto, no tan frío. Teatro, antes la previa, cena, primero había sido el café. Habían prometido no regalarse nada. Querían elegir juntos una lámpara en un anticuario. Me gusta esa palabra y esa profesión. Pero ella pensó que lo presionaba y fue por el clásico juguete. Nunca falla.

La noche, después de la cena, prometía. El despertador los sacudiría a las 6 hs., como todas las mañanas. Así que las promesas se diluían. Otro 3 de agosto… el tercero. ¿No?

Estaba fresco. No tanto, pensaba ella. Él se lavó los dientes. Hora de dormir… Ella, desnuda a los pies de la cama, con frío, buscó el pijama.

¡No!

Mejor, no. Empiezo otra vez.

“¡No! No…” responde ella.

Él vuelve a incorporarse rápidamente. La cabeza funciona como una batidora. Toma el celular con sus manos. ¡No! No…

El mundo frenó su vuelta alrededor del sol. Se callaron los sentidos. Se apagaron los ruidos. ¡No! No se cortó la luz, pero el escenario los enfocó solo a ellos. En penumbras, ella tiembla y él vuelve a pararse. Ella ríe; siempre ríe cuando está nerviosa.

¡No!

“¿No?”, preguntó él. “¡Si! Bueno, sí…” tímida respondió. Y así estalló la locura.

Ella no sabía si era el efecto del vino, la cerveza, el chocolate. ¿Fue de chocolate el postre? ¡No! No sé… todo fue una locura en segundos. La risa retumba en la habitación.

¡No! 

Mejor, no. Vuelvo a empezar…

Fue un sábado, aunque técnica y precisamente un domingo. Y después fue un domingo. Y ahora un lunes. No hubo años bisiestos en esta historia. Su abuela siempre hablaba de los años bisiestos. Son lindos… como un milagro. ¿Será que algo maravilloso ocurre en los años bisiestos? ¿De dónde vendrá el nombre?, se pregunta. Ella durmió siesta ese fin de semana.

3 de agosto, otra vez… Así como sin pena y sin gloria. Esta tercera vez había penas. Sí, más penas que glorias. Pero ella se sentía fuerte en su abrazo.

Aquella vez, la primera, ese sábado cursó. Nerviosa, se fue a comprar ropa. Pasó a tomar mate con su hermana. Respiró profundo algunas veces. Muchas. A las 9 en punto, sonó el timbre. Justo en ese instante, se le aceleró el pulso, se quedó sin habla y se mordió el dedo. Todo junto. Él era muy puntual. Ella le tiene miedo a las agujas. Le causan dolor y le dejan moretones.

Pero el segundo 3 de agosto, ya venían trabajando algunos temas. Aman la libertad más que cualquier cosa. ¡No! O bueno, sí… Pasearon, disfrutaron… Pero reaccionó al día siguiente -¿como siempre?- cuando su amiga le preguntó. Ella raudamente le respondió “¡No! No…”.

¿No? No, no sé… estamos viendo… Ella odia mirar la tele. Él es fanático de muchos programas. Ni siquiera les gustan las mismas cosas. Ella mira su mano con frecuencia.

Otra vez, la cabeza funciona a mil revoluciones por segundo. El primer 3 de agosto fue un día lindo. El segundo, fue mejor, y el tercero, sublime. Ella ama las sorpresas, esas que son simples, preparadas pero no muy pensadas. Pero él lo pensó mucho. Semanas, dice. ¿Tanto? Puede ser… Si él lo pensó tanto, ¿cómo es que ella debe reaccionar tan rápido? Eso es muy difícil. No es justo para el sorprendido. Ella no usa reloj.

El ¡no! todavía retumba en la habitación. Ella sigue desnuda, tímida, incrédula.

Ese primer 3 de agosto perduró en el tiempo, duró más que una noche, más que un día. Él no se fue más de esa habitación. Demasiado grande para ellos. Los días se alargaron y no fue sólo la primavera. ¡No!

El segundo 3 de agosto, empezaba distinto. Duró todo el fin de semana. Había estado hermoso. Era el primero que festejaban, pero la cuenta empezó ese día otra vez. Ella no es buena en matemáticas. ¡No! Pero él es el resultado de todas sus ecuaciones.

El tercero, pero también segundo y primero al mismo tiempo, fue especial. Como pierden sentido las matemáticas y el orden cuando se trata de ellos dos. Así de simple.

Y, entonces, vuelvo. Allí estaba ella, desnuda a los pies de la cama. Él regresa, con esa sonrisa clara, abierta, que ilumina. La luz de la luna se colaba por la ventana, la encendía. Él le muestra el celular. ¡No! No… Otra sorpresa y ella lloró otra vez. Él le recordó que ya había llorado un 3 de agosto. El primero. ¡No! El segundo. O el primero que era segundo al mismo tiempo. Y el primero también había llorado, confiesa en voz baja… Y ahora el tercero, que era segundo y también primero… y otra vez empezaba la cuenta.

Ella lloraba, desnuda, tímida, incrédula, radiante, iluminada. Él tiene la sonrisa más limpia y clara del mundo. De ese en el que viven juntos. Ese mundo en el que no dan las cuentas, en el que las matemáticas no son exactas, en el que las agujas no marcan las horas y el reloj es su primera foto revelada en blanco y negro.

¿No?


sábado, 1 de agosto de 2015

Uno / Oda a la Pachamama

Nuestros ojos honran la vida, la pacha.
Azules los míos, como la profundidad de los mares.
Tuyos los marrones, como la fertilidad de las tierras.

Nuestras miradas honran el universo generoso.
Se despiertan al amanecer a disfrutar la salida del sol,
con el viento del mar agitado.
Exhaustas, más tarde, lo ven ponerse en las montañas,
Sublimes, majestuosas, eternas.

Somos prisioneros del momento,
que nos invade, nos inunda.
Lo honramos perdiendo el rumbo,
desconociendo la hora y el cielo.

Como en un nirvana, nuestras mentes se aquietan, se callan.
Se anestesian el pensar, la decisión y la voluntad.
Nuestros cuerpos se enredan en danzas tribales, poseídos.
El deseo nos envuelve y nos atrapa.
No se distinguen las manos del abrazo, ni las piernas del fuego.

Somos uno en el contacto, en la furia y en el grito.
Somos uno en el aliento, en el silencio y el compás.
Somos uno en el enredo, en la cintura y el estallido.


viernes, 31 de julio de 2015

Una experiencia de #viajessincronizados

Hoy el día amaneció nublado. Ya tuvimos demasiada buena suerte en estas vacaciones, me dije a mí misma en cuanto, todavía medio dormida, estiré la mano y moví la cortina. El día estaba gris y casi que obligaba a quedarse remoloneando un rato, a aprovechar para relajar aún más, invitaba al mate caliente y las medialunas de desayuno. Así hicimos, remoloneamos un rato más, hasta que nos acercaron el desayuno y escuchamos música tranquila. El mate se prolongó un buen rato, en silencio, mientras leía las novedades desde Buenos Aires. De repente, una mención en Facebook me llamó la atención y empecé a leer con detenimiento desde el teléfono.
Una de esas mujeres que una conoce por esas causalidades de la vida, porque la buena gente y las buenas causas se encuentran y hay magia, me empujaba a correr la cortina y dejar que pase el rayito de sol que se colaba entre los árboles. Una propuesta, un llamado, una excusa. Justo la voz de mi compañero me despabila con la pregunta “qué hacemos?”. “Tengo un juego”, le grité y rápidamente, nos abrigamos, calzamos los gorritos para el frío, las gafas para el sol y salimos, cámara en mano, cuaderno y lapicera.
La propuesta era conocer de forma diferente el lugar en el que nos encontramos. Resultó que ya habíamos recorrido a pie casi toda la zona en donde vacacionábamos. Me propuse entonces, mirarla nuevamente, desde un lente, desde unas propuestas concretas. Y así… emprendimos una propuesta diferente, que dimos en llamar raid sincronizado, como parte de la propuesta inicial de #viajessincronizados




1. Éste es tu punto de partida
Éste había sido hasta el momento un año complicado. Al menos, así se había presentado y nosotros, incautos, hicimos lo que pudimos. Tuvimos dos días para decidir vacaciones. Creo que la única propuesta era descansar y disfrutar. Un lugar en el que nos despertaran los pájaros y nos acunaran, en el atardecer, los grillos. Nada mejor que el mar para renovar la energía y cambiar la onda. Así llegamos a este lugar, que ni siquiera figura en los mapas: Las Gaviotas. Una casita sencilla, cálida, de madera, rodeada de verde y de árboles, fue el lugar ideal. Callecitas de arena, ondulantes, tapadas de plantas y árboles sin hojas ya. Piñas en las calles sin veredas, testigos de las siestas de los perros y el aleteo de las aves.



2. Caminá en cualquier dirección por 50 o 100 pasos, después girá 180 grados.
Elegí caminar hacia el lado contrario al mar. Hacia el mar, habíamos ido todos estos días, así que estaría bueno caminar a conocer otro lado distinto. Pensé al principio, que 50 pasos serían un montón. Pero no llegué ni a la esquina con ellos. Así que seguí contando en voz alta, para que mi compañero –que había decidido jugar este juego conmigo y con uds.- siguiera la cuenta, y a los 76 pasos, nos encontramos con un enano de jardín. Sí, podría ser una estupidez, pero había pasado varias veces por esta puerta y nunca lo había visto. De hecho, por esas cosas que me suelen suceder, en esta casa me metí de forma equivocada el primer día cuando llegamos, pensando que se trataba de la que habíamos alquilado.



Volví y seguí contando del 77 en adelante, hasta llegar a los 100 que justo coincidía con el cruce.




Deliberamos si girar 180 grados o solo 90, y por esta última opción nos decidimos. Queríamos ver otras posibilidades que el ya recorrido camino al mar. Así empezamos a girar para un lado y para el otro buscando la opción que más nos provocara, mientras leía en voz alta la nueva tarea.

3. Seguí caminando en esa dirección hasta que veas algo azul.
Inmediatamente, mi compañero lo vio. Increíble, como si estuviéramos jugando a los viejos juegos de pistas con el grupo scout, estaba al lado nuestro. En el grupo, cuando hacíamos un raid, los más grandes dejábamos pistas para que los más chicos pudieran seguir el camino marcado. Y a veces esas pistas escondían alguna clave o algún secreto. Azul… y allí estaba.




Pero no me conformé con eso, pensé que tenía que ir a buscar otro. Esa pista era demasiado sencilla. Así que ahí emprendimos nuevamente el camino hacia la izquierda de dónde estábamos. Solo habíamos girado 90 grados. Y empezamos a caminar… vi el techo de una casa pintado de azul. Y también me dije que no era el azul apropiado. Insistí en la búsqueda y seguimos caminando. Lo encontré. Una belleza…







 4. Doblá a la izquierda y caminá 50 o 70 pasos.
Otra vez, esperamos hasta llegar a la esquina persiguiendo otro azul, cubriendo del frío a un niño, y doblamos a la izquierda.




De repente, mientras dábamos esos 70 pasos, me descubrí a mí misma, caminando como lo hacen los payasos al marchar, como bailando, ante la mirada atónita de mi compañero… y luego empecé a dar zancadas como saltando. Ya estaba entrando en ritmo.

5. Caminá en cualquier dirección hasta que veas algo que sea o parezca el número 7 u 11.
Paso número 70 y nos paramos en seco, rodeados de árboles, arbustos y arenas. Lo más fácil era encontrar el 11 entre los árboles, de a pares. Pero entonces, me tentó más buscar un 7, el número divino. Y, claro, mirando donde una no suele mirar, mirando de otra manera, más inquisitiva, más curiosa, más alerta, lo encontré. Un siete perfecto y claro ante mis ojos.





 6. Doblá en la primera izquierda y seguí caminando hasta que encuentres un lugar donde sentarte.
Caminamos, mirando atentos… Pensé que cualquier lugar es útil para sentarse. Me recuerdo con mi amiga del alma, después de estudiar toda la noche, sentadas en el cordón de la vereda esperando el 93 que la llevaba hasta su trabajo. Me recuerdo con los amigos de la vida, sentados en la esquina de casa, charlando y riéndonos. Reviví estas tardes, sentada en la arena de manos del amor, mirando el mar, respirando profundo, a veces con el mate y otras con el alma puesta en la charla. Pensé que estas pistas me obligan a hilar más fino, a buscar más en detalle y así descubrir rinconcitos especiales. Así que no me conformé con buscar cualquier lugar donde pudiera apoyar el tafanario, como diría papá. Busqué seguir otras pistas y encontrar rincones donde sentarnos y admirar.



7. Elegí cualquier dirección y caminá 25 o 50 pasos.
Otra vez, ya metidos bien en el juego, miramos para todos lados y elegimos dirección. Justo nos encontrábamos en una esquina, por lo que volvimos a elegir la ruta –hasta el momento- menos recorrida en estos días de vacaciones. Ya, a esta altura, contar los pasos era un juego al que sumé ritmo y saltitos, ante la mirada divertida de mi compañero que era el encargado de ir leyendo las consignas!




8. Seguí caminando hasta que veas una forma, color o textura rara. Girá 180 grados.
Seguíamos caminando mientras nos repetíamos como con duda “¿rara?”. ¿Qué significará rara? Luego, de a poco, las formas, colores y texturas raras empezaron a saltar a mi vista. Tan sencillo.
Primero se me apareció este árbol, cuyo tronco se presenta de una forma bastante inusual.


Luego, las plantas. Texturas diferentes, colores extraños. Iba descubriendo estas rarezas a medida que miraba. Más y más. Como si de repente empezarán a surgir situaciones y elementos que antes no habían estado ahí.




9. Seguí caminando en cualquier dirección hasta que veas un arco o una característica arquitectónica inusual.
Básicamente, toda la arquitectura de este pueblito -será esto un pueblo o solo un paraje?- era inusual, pero después de unos cuantos días aquí ya no me lo parecía. Así que me decidí a buscar un arco que sí sería muy diferente a la arquitectura típica de este lugar. Contra todos los pronósticos, o los míos -al menos-, mi compañero lo encontró. El arco rompía con la estructura de las casas alpinas, rectilíneas de este lugar. No sabría decir cuántas veces le había pasado por delante, sin verlo.


10. Volvé a casa, pero en el camino seguí buscando algo que te llame la atención.
Ahí fui a buscar otra vez las plantas, sus colores, los perfumes, las tramas y los trazos, como husmeando otras perspectivas y otras miradas.



Miré en todos los sentidos, para los cuatro puntos cardinales, y en una ventana lo vi. Me causó una sensación extraña. Algo que atentaba contra las sensaciones que había experimentado durante estos días y en este último rato, jugando.




No quise quedarme con eso. No. Y volví a mirar, hacia arriba y abajo, las nubes, el cielo, la arena, y en una rama, la vi. Libre, desprejuiciada, suelta, liviana. Y así me sentí también.


Y luego, otra, desafiando el cielo gris.



Y regresé a casa, con la sensación del juego que se acaba, pero que aviva la llama, la de la experimentación, la prueba y la alegría. Divertida, de mirar de otra forma, de caminar de la mano del compañero, buscando el desafío, hurgando, curioseando, jugando… en un día nublado que cambió de color.



miércoles, 29 de julio de 2015

Mujeres fuertes III: Andando la vida en alas

Ella le tiene fobia a sus pies. A todos los pies, me aclara. No le gusta andar descalza, ni ensuciarse los pies. Las pocas veces que lo hace se siente más fuerte, como vencedora, sea en pasto, arena o en el piso de su casa. Y solo en su casa. Le gusta leer, cocinar para muchos y comer chocolate en invierno.
Es una mujer muy aplicada en lo que hace, en su trabajo, en su profesión. Pero su espacio personal es un completo desorden de actividades y horarios. Dedica tiempo al otro, lo siente como un regalo y una forma de retribuir lo que la vida le regaló. Dedica tiempo a su familia y a sus amigos.
Tuvo una infancia feliz, rodeada de afectos, con veranos teñidos de verde e inviernos a té con leche. Siempre estudiando y buscando crecer. Se dedicó mucho a su carrera, casi al punto de olvidar su propio desorden vital. Ese desorden que la hace sonreír y sentir.
La situación de pareja no era lo suyo. Se decidió entonces, por andar la vida sola, con buenos zapatos. Pero siempre dejando huella. Hasta que la compañía la cautivó y eligió a quien confiarle sus fobias. Una de sus primeras citas fue para confesar estas situaciones desafortunadas. Le gustan las cuentas claras. Fiel a sus principios y valores, desafió la mediocridad que muchas veces la rodeó. Su hogar fue su fortaleza. Su profesión, su refugio. Y el amor, su sonrisa.
Se escuda en el silencio y el bajo perfil. No le gusta exponerse y si lo hace, lo hace porque lo siente profundamente. Es una mujer que se mueve por deseos y pasiones. Son su motor de haceres. Sufre de claustrofobia. Honra la libertad. Descubrió no tempranamente que se puede ser libre, compartiendo su vida con otra persona.
Pasó tiempos grises, también negros. Pasó tormentas y, pese a horizontes bien oscuros, no le tuvo miedo a volar. Siempre sonríe, incluso ante la adversidad, la enfermedad, las pérdidas y despedidas. Llora muy seguido. Lo hace en silencio, sola. Algunas pocas veces, de la mano de su compañero, nariz con nariz. Llora sus muertos y sus pérdidas, llora los castillos de arena derribados por la mar. Llora los futuros que no fueron y los presentes rutinarios. Perdonó sus pasados. Los recuerda con sonrisas, indulgente. Pero no olvida, retiene sin rencores, solo para no andar los mismos caminos y no tropezar con las mismas piedras.
Venció algunos miedos y fobias. Ya no duerme con medias si lo hace acompañada. Y se atrevió a usar un anillo, incluso para dormir. Se corrió de la vía estrictamente profesional y laboral. Descarriló y se dedicó al crear. De chica, le gustaban los trencitos eléctricos. Así que éste también, probablemente, fue un mandato vital. Ahora sospecha que le daban fobia los pies porque lo importante era criar alas para crear, soñar, volar, sobrevolar y saber alejarse.

Ella es valerosa y valiosa. Y en ella, somos todas… mujeres fuertes.


jueves, 9 de julio de 2015

Me gusta la gente...

Me gusta la gente que se compromete y me deja ser testigo del amor, de la fuerza y las ganas. Me gusta la gente que se compromete y que, como yo, es partícipe de luchas, insomnios y decisiones. Me gusta la gente que se juega la pilcha, que se emociona y que contagia. Me gusta la gente que la pechea todos los días, que es cómplice y es fuerte. Me gusta la gente que disfruta de las pequeñas cosas, que acaricia a los animales y les habla a las plantas. Me gusta la gente que no le teme a ensuciarse las manos y a embarrarse las zapatillas para vivir algo diferente. Me gusta la gente que tiene prioridades, que se respeta y se quiere, porque así respeta y quiere más a los que tiene alrededor.
Me gusta la gente que enseña siendo modelo. Me gustan los que saben reírse de sí mismos y le sonríen a los demás. Me gusta la gente que sabe dar un abrazo, de los sanadores. Me gusta la gente de mirada franca, despejada y abierta.  Me gustan los que comen con la mano, los que saben cocinar y festejar la vida. Me gusta la gente que invita a pasear, a caminar de la mano, la que es apasionada por la vida y por lo que hace. Me gusta la gente que se enoja defendiendo sus principios. Me gusta los que cantan bajo la ducha y se olvidan de peinarse.
Me gusta la gente que sabe hacer burbujas y disfruta reventarlas. Me gustan los que se entienden con los niños, los que dibujan y sueñan como chicos, los que saben disfrutar y reír a carcajadas. Me gustan los que dan todo, porque saben que nos vamos de acá sin nada. Me gustan los que sienten que hay algo más, que no vemos y no entendemos, pero allí está. Me gustan los que se reúnen con amigos, los que aman la familia y los que abren las ventanas. 
Me gusta la gente que sabe guardar secretos, respetarlos y honrarlos. Me gusta la gente que es transparente y no juega por detrás. Me gustan los que van de frente, los que repudian a los buchones, los que no critican ni se llenan la boca hablando de los demás. Me gusta la gente que no tiene miedos, pero más me gusta la que los enfrenta. Me gustan los valientes, los tímidos y los mayores. Me gusta la gente dispuesta, la que prepara la mesa y es anfitriona. Me gusta la gente que te hace sentir su casa como la tuya, la que transforma y crea espacios diferentes.
Me gusta la gente que sueña, que convida y que provoca. Me gustan los que discuten y comparten el mate. Me gusta la gente que sabe contar cuentos, que hace música, la que canta y la que imagina otros mundos. Me gustan los que saben tejer y tejen sueños, lanas, hilos e historias. Me gusta la gente que madruga, que regala plantas y que saca a pasear al perro. Me gusta la gente que habla despacio, que sabe escuchar y que guiña el ojo.
Me gusta la gente que trabaja, que ama y vive desde las tripas y desde el corazón. Me gustan los que saben jugar, sin importar la edad. Me gusta la gente que dedica tiempo a los demás, que regala ese recurso tan preciado. Me gustan los inquietos, los pacientes y los ansiosos. Me gusta la gente que sonríe ante la adversidad, que le da pelea y la vence. Me gustan los que son fuertes y decididos, los que inventan y reciclan. Me gusta la gente que construye con sus manos, que disfruta las noches y mira los atardeceres.

Me gusta esta gente, que me hace ser quien soy y me completa. Y a vos, ¿qué gente te gusta?


domingo, 5 de julio de 2015

Hay otra historia

Así decía la vieja canción... eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia.

Un martes fresco, allá por el 2001, me levanté, me duché y salí corriendo, solo despidiéndome con un beso de mi abuela. Compré las facturas y tomé un taxi porque se me hacía tarde. Durante el viaje escuché algunas noticias inconexas e increíbles. Llegué a destino, por Parque Chacabuco. Mientras alguien preparaba el mate, pregunté y encendí la tele. Y sí, las noticias daban a conocer un hecho que parecía increíble. Estados Unidos había sido atacado y estaba derrumbándose el World Trade Center de New York. Desayunamos en silencio, atentos a las transmisiones e imágenes de la tele. Recuerdo que esa mañana le dije “éste es uno de los días en que me siento parte de la historia”.
En el 2004, con el 11-M, sentí lo mismo. Estaba viviendo la historia, sintiéndome parte de ella. Varios años más tarde, en una reunión, una mañana fría de julio, con algunos colegas, escuchamos con piel de gallina cuando José Manuel narraba lo que vivió esa mañana como Jefe de la Policía de Madrid. Nos contó su historia, imborrable en la cabeza y en el corazón. Escuchamos la canción que su nieta había recomendado, lloramos y nos emocionamos de pensar cómo ese hecho rompió y quebró miles de historias.
También me sentí parte de la historia, cuando en mi país, viví una asamblea para reformar la constitución; cuando se aprobó la mayoría de edad a los 18 años; cuando se suspendió el servicio militar obligatorio, más conocido como “Colimba”; cuando sufrimos el corralito y el presidente debió renunciar por escucharnos; cuando el 125 fue el número más citado en la Argentina y un "no positivo" se escuchó a la madrugada, mientras yo atónita y expectante seguía el debate por la tele; cuando se aprobó el matrimonio igualitario; cuando marché pidiendo #NiUnaMenos… Vuelvo a traer estos momentos en los que me sentí parte de la historia y rescato las miles de historias de vida que fueron afectadas por cada proceso, por cada hito…
Pero no fue sino hasta hace tres días, en que me sentí protagonista de la historia. Me tocó varias veces sentirme parte, pero nunca había sentido hasta ahora la posibilidad hacerla, de ser protagonista y de colaborar en cambiar la historia de muchos que a partir de ahora tienen más oportunidades, más recursos, más esperanzas.
Estoy convencida que probablemente, como ya ha sucedido, los que tengan esta posibilidad ni se darán cuenta. No sabrán de nuestra historia, los que hicimos que esto fuera posible. Quien dirigió y orientó este trabajo, una mujer fuerte que conocí más en profundidad en estos días, dijo emocionada que lo que estábamos haciendo es "trascendental". Ya lo creo! Allí en un bonito rincón, cruzando el charco, con un grupo de compañeros, militantes, escribimos otra historia, sin egoísmos y sin banderas. Escribimos una historia de esfuerzos, de logros, de acuerdos, de años de trabajo incansable. Porque creemos que hay otra historia, que espera ser contada, que espera escribirse, que nos une en las posibilidades y nos involucra en los principios. Porque creímos que nuestro rol es otro. Es el del protagonista que reinventa el presente y el futuro, que piensa en otro mundo posible, que alza su voz pensando en todas las voces, que defiende apasionadamente los acuerdos y los compromisos asumidos, que sostiene valores comunes, que le da un nuevo rumbo a la historia y que desafía los destinos esperados. Es el del que siente, luego piensa, y en consecuencia trabaja. Es el del siento, luego existo. 
Siempre me pregunté qué habría pensado -y mejor, sentido- Armstrong cuando dijo “esto es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Y ahora sí, lo experimenté. Y creo haber sentido lo mismo. Sentí por primera vez, que estaba haciendo historia, otra historia, que siento más real y verdadera. Allá creímos formar un equipo indestructible, de voluntades apasionadas, mentes involucradas, comprometidas. La emoción me embargó, las palabras sonaron conmovedoras, los aplausos se sucedieron una y otra vez, la tormenta y el viento sacudieron los árboles y alborotaron el río. Vientos de cambios se avecinan, y yo... yo soplo fuerte.




jueves, 4 de junio de 2015

Mujeres Fuertes II: El día después de #NiUnaMenos

Ayer pasó algo fuera de lo común para mí,
otra marcha pero diferente, impactante.
Fue dolido, sentido, y maravilloso a la vez.
Vi muchas gentes y parecían millares.
Vi decenas de rostros de mujeres ausentes,
traídas por sus familias y amigos.
Vi expresiones de dolor y llantos,
vi abrazos, besos cariñosos y parejas tomadas de las manos,
vi apoyo, códigos y complicidades.
Vi gente irreverente enfrentando la indiferencia y la violencia,
vi mujeres fuertes sostener a sus ancianas y cargar a sus hijos.
Sentí mi piel estremecerse y mis ojos humedecidos.
Vi polleras de todos los largos y colores,
vi animal print y botas, musculosas y shorts,
vi piernas con yesos, jeans y remeras,
vi trajes y corbatas, mantas y banderas,
vi velos de luto, de novias y de monja,
vi sillas de ruedas, carritos de bebés, bicicletas y un monopatín.
Vi capuchas y piercings, vi travestis y belleza,
vi pechos descubiertos y máscaras en la cara,
vi mujeres vestidas de muerte y dolor.
Vi un varón, y luego otro, y después más y eran muchos,
vi niñas y niños, bebés, mujeres de diferentes edades,
vi panzas de embarazos y futuros elegidos,
vi ancianos, bastones y uniformes.
Vi rostros de tristeza y miradas de emoción,
vi lágrimas y deseos, vi fuerza y coraje,
vi siluetas y caras, vi carteles y ruegos.
Vi miles y miles, vi la ciudad rebalsada,
vi una sociedad diferente, insurgente,
vi otra educación para los que vienen, otros modelos,
vi cansancio y hartazgo, vi desafíos y promesas.
Vi futuro y vi pasión.
Sentí que éste es un nuevo amanecer, un despertar.
Volví con el pecho inflado y la mirada aún sorprendida,
llegué con la emoción por la multitud, por los rostros y los recuerdos,
volví con lágrimas en el alma, con fotos en los ojos y con dolor en el cuerpo.
Me cobijé en el abrazo profundo de mi hombre,
me acuné en su compromiso, su respeto y su compañerismo.
Me dormí en el regazo de un nuevo sueño,
de equidad, de coraje, de libertad y justicia.