1, 2, 3. Y cuenta regresiva. 3, 2, 1. Explosión de ideas, de imágenes, de pensamientos rápidos. Metralleta de sentimientos. ¿Por dónde empezar? Desorientada, ella buscaba un orden. Establecer un orden. El statu quo de lo que tantas veces había hablado en sus épocas de la facultad. Una mezcla de alegría, ¿o felicidad?, incertidumbre, deber, querer, mandatos, deseos, la invadía.
Era un 3 de agosto, no tan frío. Teatro, antes la previa, cena, primero había sido el café. Habían prometido no regalarse nada. Querían elegir juntos una lámpara en un anticuario. Me gusta esa palabra y esa profesión. Pero ella pensó que lo presionaba y fue por el clásico juguete. Nunca falla.
La noche, después de la cena, prometía. El despertador los sacudiría a las 6 hs., como todas las mañanas. Así que las promesas se diluían. Otro 3 de agosto… el tercero. ¿No?
Estaba fresco. No tanto, pensaba ella. Él se lavó los dientes. Hora de dormir… Ella, desnuda a los pies de la cama, con frío, buscó el pijama.
¡No!
Mejor, no. Empiezo otra vez.
“¡No! No…” responde ella.
Él vuelve a incorporarse rápidamente. La cabeza funciona como una batidora. Toma el celular con sus manos. ¡No! No…
El mundo frenó su vuelta alrededor del sol. Se callaron los sentidos. Se apagaron los ruidos. ¡No! No se cortó la luz, pero el escenario los enfocó solo a ellos. En penumbras, ella tiembla y él vuelve a pararse. Ella ríe; siempre ríe cuando está nerviosa.
¡No!
“¿No?”, preguntó él. “¡Si! Bueno, sí…” tímida respondió. Y así estalló la locura.
Ella no sabía si era el efecto del vino, la cerveza, el chocolate. ¿Fue de chocolate el postre? ¡No! No sé… todo fue una locura en segundos. La risa retumba en la habitación.
¡No!
Mejor, no. Vuelvo a empezar…
Fue un sábado, aunque técnica y precisamente un domingo. Y después fue un domingo. Y ahora un lunes. No hubo años bisiestos en esta historia. Su abuela siempre hablaba de los años bisiestos. Son lindos… como un milagro. ¿Será que algo maravilloso ocurre en los años bisiestos? ¿De dónde vendrá el nombre?, se pregunta. Ella durmió siesta ese fin de semana.
3 de agosto, otra vez… Así como sin pena y sin gloria. Esta tercera vez había penas. Sí, más penas que glorias. Pero ella se sentía fuerte en su abrazo.
Aquella vez, la primera, ese sábado cursó. Nerviosa, se fue a comprar ropa. Pasó a tomar mate con su hermana. Respiró profundo algunas veces. Muchas. A las 9 en punto, sonó el timbre. Justo en ese instante, se le aceleró el pulso, se quedó sin habla y se mordió el dedo. Todo junto. Él era muy puntual. Ella le tiene miedo a las agujas. Le causan dolor y le dejan moretones.
Pero el segundo 3 de agosto, ya venían trabajando algunos temas. Aman la libertad más que cualquier cosa. ¡No! O bueno, sí… Pasearon, disfrutaron… Pero reaccionó al día siguiente -¿como siempre?- cuando su amiga le preguntó. Ella raudamente le respondió “¡No! No…”.
¿No? No, no sé… estamos viendo… Ella odia mirar la tele. Él es fanático de muchos programas. Ni siquiera les gustan las mismas cosas. Ella mira su mano con frecuencia.
Otra vez, la cabeza funciona a mil revoluciones por segundo. El primer 3 de agosto fue un día lindo. El segundo, fue mejor, y el tercero, sublime. Ella ama las sorpresas, esas que son simples, preparadas pero no muy pensadas. Pero él lo pensó mucho. Semanas, dice. ¿Tanto? Puede ser… Si él lo pensó tanto, ¿cómo es que ella debe reaccionar tan rápido? Eso es muy difícil. No es justo para el sorprendido. Ella no usa reloj.
El ¡no! todavía retumba en la habitación. Ella sigue desnuda, tímida, incrédula.
Ese primer 3 de agosto perduró en el tiempo, duró más que una noche, más que un día. Él no se fue más de esa habitación. Demasiado grande para ellos. Los días se alargaron y no fue sólo la primavera. ¡No!
El segundo 3 de agosto, empezaba distinto. Duró todo el fin de semana. Había estado hermoso. Era el primero que festejaban, pero la cuenta empezó ese día otra vez. Ella no es buena en matemáticas. ¡No! Pero él es el resultado de todas sus ecuaciones.
El tercero, pero también segundo y primero al mismo tiempo, fue especial. Como pierden sentido las matemáticas y el orden cuando se trata de ellos dos. Así de simple.
Y, entonces, vuelvo. Allí estaba ella, desnuda a los pies de la cama. Él regresa, con esa sonrisa clara, abierta, que ilumina. La luz de la luna se colaba por la ventana, la encendía. Él le muestra el celular. ¡No! No… Otra sorpresa y ella lloró otra vez. Él le recordó que ya había llorado un 3 de agosto. El primero. ¡No! El segundo. O el primero que era segundo al mismo tiempo. Y el primero también había llorado, confiesa en voz baja… Y ahora el tercero, que era segundo y también primero… y otra vez empezaba la cuenta.
Ella lloraba, desnuda, tímida, incrédula, radiante, iluminada. Él tiene la sonrisa más limpia y clara del mundo. De ese en el que viven juntos. Ese mundo en el que no dan las cuentas, en el que las matemáticas no son exactas, en el que las agujas no marcan las horas y el reloj es su primera foto revelada en blanco y negro.
¿No?

Me encantó! Sublime, sintético y sumamente ajustado a la realidad (de ellos dos) ;)
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