Hoy el día amaneció nublado. Ya
tuvimos demasiada buena suerte en estas vacaciones, me dije a mí misma en
cuanto, todavía medio dormida, estiré la mano y moví la cortina. El día estaba
gris y casi que obligaba a quedarse remoloneando un rato, a aprovechar para
relajar aún más, invitaba al mate caliente y las medialunas de desayuno. Así
hicimos, remoloneamos un rato más, hasta que nos acercaron el desayuno y
escuchamos música tranquila. El mate se prolongó un buen rato, en silencio,
mientras leía las novedades desde Buenos Aires. De repente, una mención en
Facebook me llamó la atención y empecé a leer con detenimiento desde el
teléfono.
Una de esas mujeres que una
conoce por esas causalidades de la vida, porque la buena gente y las buenas
causas se encuentran y hay magia, me empujaba a correr la cortina y dejar que
pase el rayito de sol que se colaba entre los árboles. Una propuesta, un
llamado, una excusa. Justo la voz de mi compañero me despabila con la pregunta
“qué hacemos?”. “Tengo un juego”, le grité y rápidamente, nos abrigamos,
calzamos los gorritos para el frío, las gafas para el sol y salimos, cámara en
mano, cuaderno y lapicera.
La propuesta era conocer de forma
diferente el lugar en el que nos encontramos. Resultó que ya habíamos recorrido
a pie casi toda la zona en donde vacacionábamos. Me propuse entonces, mirarla
nuevamente, desde un lente, desde unas propuestas concretas. Y así… emprendimos
una propuesta diferente, que dimos en llamar raid sincronizado, como parte de
la propuesta inicial de #viajessincronizados
1. Éste
es tu punto de partida
Éste había sido hasta el momento
un año complicado. Al menos, así se había presentado y nosotros, incautos,
hicimos lo que pudimos. Tuvimos dos días para decidir vacaciones. Creo que la
única propuesta era descansar y disfrutar. Un lugar en el que nos despertaran
los pájaros y nos acunaran, en el atardecer, los grillos. Nada mejor que el mar
para renovar la energía y cambiar la onda. Así llegamos a este lugar, que ni
siquiera figura en los mapas: Las Gaviotas. Una casita sencilla, cálida, de
madera, rodeada de verde y de árboles, fue el lugar ideal. Callecitas de arena,
ondulantes, tapadas de plantas y árboles sin hojas ya. Piñas en las calles sin
veredas, testigos de las siestas de los perros y el aleteo de las aves.
2. Caminá
en cualquier dirección por 50 o 100 pasos, después girá 180 grados.
Elegí caminar hacia el lado
contrario al mar. Hacia el mar, habíamos ido todos estos días, así que estaría
bueno caminar a conocer otro lado distinto. Pensé al principio, que 50 pasos
serían un montón. Pero no llegué ni a la esquina con ellos. Así que seguí
contando en voz alta, para que mi compañero –que había decidido jugar este
juego conmigo y con uds.- siguiera la cuenta, y a los 76 pasos, nos encontramos
con un enano de jardín. Sí, podría ser una estupidez, pero había pasado varias
veces por esta puerta y nunca lo había visto. De hecho, por esas cosas que me
suelen suceder, en esta casa me metí de forma equivocada el primer día cuando
llegamos, pensando que se trataba de la que habíamos alquilado.
Volví y seguí contando del 77 en
adelante, hasta llegar a los 100 que justo coincidía con el cruce.
Deliberamos si girar 180 grados o
solo 90, y por esta última opción nos decidimos. Queríamos ver otras
posibilidades que el ya recorrido camino al mar. Así empezamos a girar para un
lado y para el otro buscando la opción que más nos provocara, mientras leía en
voz alta la nueva tarea.
3. Seguí
caminando en esa dirección hasta que veas algo azul.
Inmediatamente, mi compañero lo
vio. Increíble, como si estuviéramos jugando a los viejos juegos de pistas con
el grupo scout, estaba al lado nuestro. En el grupo, cuando hacíamos un raid,
los más grandes dejábamos pistas para que los más chicos pudieran seguir el
camino marcado. Y a veces esas pistas escondían alguna clave o algún secreto.
Azul… y allí estaba.
Pero no me conformé con eso,
pensé que tenía que ir a buscar otro. Esa pista era demasiado sencilla. Así que
ahí emprendimos nuevamente el camino hacia la izquierda de dónde estábamos.
Solo habíamos girado 90 grados. Y empezamos a caminar… vi el techo de una casa
pintado de azul. Y también me dije que no era el azul apropiado. Insistí en la
búsqueda y seguimos caminando. Lo encontré. Una belleza…
4. Doblá
a la izquierda y caminá 50 o 70 pasos.
Otra vez, esperamos hasta llegar
a la esquina persiguiendo otro azul, cubriendo del frío a un niño, y doblamos a
la izquierda.
De repente, mientras dábamos esos
70 pasos, me descubrí a mí misma, caminando como lo hacen los payasos al
marchar, como bailando, ante la mirada atónita de mi compañero… y luego empecé a
dar zancadas como saltando. Ya estaba entrando en ritmo.
5. Caminá
en cualquier dirección hasta que veas algo que sea o parezca el número 7 u 11.
Paso número 70 y nos paramos en
seco, rodeados de árboles, arbustos y arenas. Lo más fácil era encontrar el 11
entre los árboles, de a pares. Pero entonces, me tentó más buscar un 7, el
número divino. Y, claro, mirando donde una no suele mirar, mirando de otra
manera, más inquisitiva, más curiosa, más alerta, lo encontré. Un siete perfecto
y claro ante mis ojos.
6. Doblá
en la primera izquierda y seguí caminando hasta que encuentres un lugar donde
sentarte.
Caminamos, mirando atentos… Pensé
que cualquier lugar es útil para sentarse. Me recuerdo con mi amiga del alma,
después de estudiar toda la noche, sentadas en el cordón de la vereda esperando
el 93 que la llevaba hasta su trabajo. Me recuerdo con los amigos de la vida,
sentados en la esquina de casa, charlando y riéndonos. Reviví estas tardes,
sentada en la arena de manos del amor, mirando el mar, respirando profundo, a
veces con el mate y otras con el alma puesta en la charla. Pensé que estas
pistas me obligan a hilar más fino, a buscar más en detalle y así descubrir
rinconcitos especiales. Así que no me conformé con buscar cualquier lugar donde
pudiera apoyar el tafanario, como diría papá. Busqué seguir otras pistas y
encontrar rincones donde sentarnos y admirar.
7. Elegí
cualquier dirección y caminá 25 o 50 pasos.
Otra vez, ya metidos bien en el
juego, miramos para todos lados y elegimos dirección. Justo nos encontrábamos
en una esquina, por lo que volvimos a elegir la ruta –hasta el momento- menos
recorrida en estos días de vacaciones. Ya, a esta altura, contar los pasos era
un juego al que sumé ritmo y saltitos, ante la mirada divertida de mi compañero que era el encargado de ir leyendo las consignas!
8. Seguí
caminando hasta que veas una forma, color o textura rara. Girá 180 grados.
Seguíamos caminando mientras nos
repetíamos como con duda “¿rara?”. ¿Qué significará rara? Luego, de a poco, las
formas, colores y texturas raras empezaron a saltar a mi vista. Tan sencillo.
Primero se me apareció este
árbol, cuyo tronco se presenta de una forma bastante inusual.
Luego, las plantas. Texturas
diferentes, colores extraños. Iba descubriendo estas rarezas a medida que
miraba. Más y más. Como si de repente empezarán a surgir situaciones y
elementos que antes no habían estado ahí.
9. Seguí
caminando en cualquier dirección hasta que veas un arco o una característica
arquitectónica inusual.
Básicamente, toda la arquitectura
de este pueblito -será esto un pueblo o solo un paraje?- era inusual, pero
después de unos cuantos días aquí ya no me lo parecía. Así que me decidí a
buscar un arco que sí sería muy diferente a la arquitectura típica de este
lugar. Contra todos los pronósticos, o los míos -al menos-, mi compañero lo
encontró. El arco rompía con la estructura de las casas alpinas, rectilíneas de
este lugar. No sabría decir cuántas veces le había pasado por delante, sin
verlo.
10. Volvé
a casa, pero en el camino seguí buscando algo que te llame la atención.
Ahí fui a buscar otra vez las
plantas, sus colores, los perfumes, las tramas y los trazos, como husmeando
otras perspectivas y otras miradas.
Miré en todos los sentidos, para
los cuatro puntos cardinales, y en una ventana lo vi. Me causó una sensación
extraña. Algo que atentaba contra las sensaciones que había experimentado durante
estos días y en este último rato, jugando.
No quise quedarme con eso. No. Y
volví a mirar, hacia arriba y abajo, las nubes, el cielo, la arena, y en una
rama, la vi. Libre, desprejuiciada, suelta, liviana. Y así me sentí también.
Y luego, otra, desafiando el cielo gris.
Y regresé a casa, con la
sensación del juego que se acaba, pero que aviva la llama, la de la
experimentación, la prueba y la alegría. Divertida, de mirar de otra forma, de
caminar de la mano del compañero, buscando el desafío, hurgando, curioseando,
jugando… en un día nublado que cambió de color.

























