viernes, 31 de julio de 2015

Una experiencia de #viajessincronizados

Hoy el día amaneció nublado. Ya tuvimos demasiada buena suerte en estas vacaciones, me dije a mí misma en cuanto, todavía medio dormida, estiré la mano y moví la cortina. El día estaba gris y casi que obligaba a quedarse remoloneando un rato, a aprovechar para relajar aún más, invitaba al mate caliente y las medialunas de desayuno. Así hicimos, remoloneamos un rato más, hasta que nos acercaron el desayuno y escuchamos música tranquila. El mate se prolongó un buen rato, en silencio, mientras leía las novedades desde Buenos Aires. De repente, una mención en Facebook me llamó la atención y empecé a leer con detenimiento desde el teléfono.
Una de esas mujeres que una conoce por esas causalidades de la vida, porque la buena gente y las buenas causas se encuentran y hay magia, me empujaba a correr la cortina y dejar que pase el rayito de sol que se colaba entre los árboles. Una propuesta, un llamado, una excusa. Justo la voz de mi compañero me despabila con la pregunta “qué hacemos?”. “Tengo un juego”, le grité y rápidamente, nos abrigamos, calzamos los gorritos para el frío, las gafas para el sol y salimos, cámara en mano, cuaderno y lapicera.
La propuesta era conocer de forma diferente el lugar en el que nos encontramos. Resultó que ya habíamos recorrido a pie casi toda la zona en donde vacacionábamos. Me propuse entonces, mirarla nuevamente, desde un lente, desde unas propuestas concretas. Y así… emprendimos una propuesta diferente, que dimos en llamar raid sincronizado, como parte de la propuesta inicial de #viajessincronizados




1. Éste es tu punto de partida
Éste había sido hasta el momento un año complicado. Al menos, así se había presentado y nosotros, incautos, hicimos lo que pudimos. Tuvimos dos días para decidir vacaciones. Creo que la única propuesta era descansar y disfrutar. Un lugar en el que nos despertaran los pájaros y nos acunaran, en el atardecer, los grillos. Nada mejor que el mar para renovar la energía y cambiar la onda. Así llegamos a este lugar, que ni siquiera figura en los mapas: Las Gaviotas. Una casita sencilla, cálida, de madera, rodeada de verde y de árboles, fue el lugar ideal. Callecitas de arena, ondulantes, tapadas de plantas y árboles sin hojas ya. Piñas en las calles sin veredas, testigos de las siestas de los perros y el aleteo de las aves.



2. Caminá en cualquier dirección por 50 o 100 pasos, después girá 180 grados.
Elegí caminar hacia el lado contrario al mar. Hacia el mar, habíamos ido todos estos días, así que estaría bueno caminar a conocer otro lado distinto. Pensé al principio, que 50 pasos serían un montón. Pero no llegué ni a la esquina con ellos. Así que seguí contando en voz alta, para que mi compañero –que había decidido jugar este juego conmigo y con uds.- siguiera la cuenta, y a los 76 pasos, nos encontramos con un enano de jardín. Sí, podría ser una estupidez, pero había pasado varias veces por esta puerta y nunca lo había visto. De hecho, por esas cosas que me suelen suceder, en esta casa me metí de forma equivocada el primer día cuando llegamos, pensando que se trataba de la que habíamos alquilado.



Volví y seguí contando del 77 en adelante, hasta llegar a los 100 que justo coincidía con el cruce.




Deliberamos si girar 180 grados o solo 90, y por esta última opción nos decidimos. Queríamos ver otras posibilidades que el ya recorrido camino al mar. Así empezamos a girar para un lado y para el otro buscando la opción que más nos provocara, mientras leía en voz alta la nueva tarea.

3. Seguí caminando en esa dirección hasta que veas algo azul.
Inmediatamente, mi compañero lo vio. Increíble, como si estuviéramos jugando a los viejos juegos de pistas con el grupo scout, estaba al lado nuestro. En el grupo, cuando hacíamos un raid, los más grandes dejábamos pistas para que los más chicos pudieran seguir el camino marcado. Y a veces esas pistas escondían alguna clave o algún secreto. Azul… y allí estaba.




Pero no me conformé con eso, pensé que tenía que ir a buscar otro. Esa pista era demasiado sencilla. Así que ahí emprendimos nuevamente el camino hacia la izquierda de dónde estábamos. Solo habíamos girado 90 grados. Y empezamos a caminar… vi el techo de una casa pintado de azul. Y también me dije que no era el azul apropiado. Insistí en la búsqueda y seguimos caminando. Lo encontré. Una belleza…







 4. Doblá a la izquierda y caminá 50 o 70 pasos.
Otra vez, esperamos hasta llegar a la esquina persiguiendo otro azul, cubriendo del frío a un niño, y doblamos a la izquierda.




De repente, mientras dábamos esos 70 pasos, me descubrí a mí misma, caminando como lo hacen los payasos al marchar, como bailando, ante la mirada atónita de mi compañero… y luego empecé a dar zancadas como saltando. Ya estaba entrando en ritmo.

5. Caminá en cualquier dirección hasta que veas algo que sea o parezca el número 7 u 11.
Paso número 70 y nos paramos en seco, rodeados de árboles, arbustos y arenas. Lo más fácil era encontrar el 11 entre los árboles, de a pares. Pero entonces, me tentó más buscar un 7, el número divino. Y, claro, mirando donde una no suele mirar, mirando de otra manera, más inquisitiva, más curiosa, más alerta, lo encontré. Un siete perfecto y claro ante mis ojos.





 6. Doblá en la primera izquierda y seguí caminando hasta que encuentres un lugar donde sentarte.
Caminamos, mirando atentos… Pensé que cualquier lugar es útil para sentarse. Me recuerdo con mi amiga del alma, después de estudiar toda la noche, sentadas en el cordón de la vereda esperando el 93 que la llevaba hasta su trabajo. Me recuerdo con los amigos de la vida, sentados en la esquina de casa, charlando y riéndonos. Reviví estas tardes, sentada en la arena de manos del amor, mirando el mar, respirando profundo, a veces con el mate y otras con el alma puesta en la charla. Pensé que estas pistas me obligan a hilar más fino, a buscar más en detalle y así descubrir rinconcitos especiales. Así que no me conformé con buscar cualquier lugar donde pudiera apoyar el tafanario, como diría papá. Busqué seguir otras pistas y encontrar rincones donde sentarnos y admirar.



7. Elegí cualquier dirección y caminá 25 o 50 pasos.
Otra vez, ya metidos bien en el juego, miramos para todos lados y elegimos dirección. Justo nos encontrábamos en una esquina, por lo que volvimos a elegir la ruta –hasta el momento- menos recorrida en estos días de vacaciones. Ya, a esta altura, contar los pasos era un juego al que sumé ritmo y saltitos, ante la mirada divertida de mi compañero que era el encargado de ir leyendo las consignas!




8. Seguí caminando hasta que veas una forma, color o textura rara. Girá 180 grados.
Seguíamos caminando mientras nos repetíamos como con duda “¿rara?”. ¿Qué significará rara? Luego, de a poco, las formas, colores y texturas raras empezaron a saltar a mi vista. Tan sencillo.
Primero se me apareció este árbol, cuyo tronco se presenta de una forma bastante inusual.


Luego, las plantas. Texturas diferentes, colores extraños. Iba descubriendo estas rarezas a medida que miraba. Más y más. Como si de repente empezarán a surgir situaciones y elementos que antes no habían estado ahí.




9. Seguí caminando en cualquier dirección hasta que veas un arco o una característica arquitectónica inusual.
Básicamente, toda la arquitectura de este pueblito -será esto un pueblo o solo un paraje?- era inusual, pero después de unos cuantos días aquí ya no me lo parecía. Así que me decidí a buscar un arco que sí sería muy diferente a la arquitectura típica de este lugar. Contra todos los pronósticos, o los míos -al menos-, mi compañero lo encontró. El arco rompía con la estructura de las casas alpinas, rectilíneas de este lugar. No sabría decir cuántas veces le había pasado por delante, sin verlo.


10. Volvé a casa, pero en el camino seguí buscando algo que te llame la atención.
Ahí fui a buscar otra vez las plantas, sus colores, los perfumes, las tramas y los trazos, como husmeando otras perspectivas y otras miradas.



Miré en todos los sentidos, para los cuatro puntos cardinales, y en una ventana lo vi. Me causó una sensación extraña. Algo que atentaba contra las sensaciones que había experimentado durante estos días y en este último rato, jugando.




No quise quedarme con eso. No. Y volví a mirar, hacia arriba y abajo, las nubes, el cielo, la arena, y en una rama, la vi. Libre, desprejuiciada, suelta, liviana. Y así me sentí también.


Y luego, otra, desafiando el cielo gris.



Y regresé a casa, con la sensación del juego que se acaba, pero que aviva la llama, la de la experimentación, la prueba y la alegría. Divertida, de mirar de otra forma, de caminar de la mano del compañero, buscando el desafío, hurgando, curioseando, jugando… en un día nublado que cambió de color.



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