Ella le tiene
fobia a sus pies. A todos los pies, me aclara. No le gusta andar descalza, ni
ensuciarse los pies. Las pocas veces que lo hace se siente más fuerte, como
vencedora, sea en pasto, arena o en el piso de su casa. Y solo en su casa. Le
gusta leer, cocinar para muchos y comer chocolate en invierno.
Es una mujer muy
aplicada en lo que hace, en su trabajo, en su profesión. Pero su espacio
personal es un completo desorden de actividades y horarios. Dedica tiempo al
otro, lo siente como un regalo y una forma de retribuir lo que la vida le
regaló. Dedica tiempo a su familia y a sus amigos.
Tuvo una
infancia feliz, rodeada de afectos, con veranos teñidos de verde e inviernos a
té con leche. Siempre estudiando y buscando crecer. Se dedicó mucho a su
carrera, casi al punto de olvidar su propio desorden vital. Ese desorden que la
hace sonreír y sentir.
La situación de
pareja no era lo suyo. Se decidió entonces, por andar la vida sola, con buenos
zapatos. Pero siempre dejando huella. Hasta que la compañía la cautivó y eligió
a quien confiarle sus fobias. Una de sus primeras citas fue para confesar estas
situaciones desafortunadas. Le gustan las cuentas claras. Fiel a sus principios
y valores, desafió la mediocridad que muchas veces la rodeó. Su hogar fue su
fortaleza. Su profesión, su refugio. Y el amor, su sonrisa.
Se escuda en el
silencio y el bajo perfil. No le gusta exponerse y si lo hace, lo hace porque
lo siente profundamente. Es una mujer que se mueve por deseos y pasiones. Son
su motor de haceres. Sufre de claustrofobia. Honra la libertad. Descubrió no
tempranamente que se puede ser libre, compartiendo su vida con otra persona.
Pasó tiempos
grises, también negros. Pasó tormentas y, pese a horizontes bien oscuros, no le
tuvo miedo a volar. Siempre sonríe, incluso ante la adversidad, la enfermedad,
las pérdidas y despedidas. Llora muy seguido. Lo hace en silencio, sola. Algunas
pocas veces, de la mano de su compañero, nariz con nariz. Llora sus muertos y
sus pérdidas, llora los castillos de arena derribados por la mar. Llora los
futuros que no fueron y los presentes rutinarios. Perdonó sus pasados. Los
recuerda con sonrisas, indulgente. Pero no olvida, retiene sin rencores, solo
para no andar los mismos caminos y no tropezar con las mismas piedras.
Venció algunos
miedos y fobias. Ya no duerme con medias si lo hace acompañada. Y se atrevió a
usar un anillo, incluso para dormir. Se corrió de la vía estrictamente
profesional y laboral. Descarriló y se dedicó al crear. De chica, le gustaban
los trencitos eléctricos. Así que éste también, probablemente, fue un mandato vital.
Ahora sospecha que le daban fobia los pies porque lo importante era criar alas
para crear, soñar, volar, sobrevolar y saber alejarse.
Ella es valerosa
y valiosa. Y en ella, somos todas… mujeres fuertes.

Hermoso relato 😚
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