miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sólo... cosas

No sé bien cómo empezar esto. Iba a decir que hay objetos que me encantan, me enamoran. Pero no son sólo objetos. Son cosas.
Pensé cuando vamos a la ferretería y pedimos “el coso que se engancha en el cosito”. Creemos que hasta un idiota entendería, pero son tantas las posibilidades que encierra el concepto “cosa/o” que despierta dudas.
Me pregunté entonces cuál es la definición de “cosa”. “Cosas” son objetos y formas y “algos” que sentimos y nos pasan. Son algos tangibles e intangibles, son reales y son abstractas, virtuales, platónicas, imaginarias y sentimentales. Mucho! Tanto que no logré armarme una definición de “cosa” que encerrara todo esto. Entonces recurrí al diccionario, así me enseñaron siempre en casa. Y me sorprendí porque, para “cosa”, el diccionario de la Real Academia Española que es como el Messi de los diccionarios en español, daba un montón de sentidos y definiciones. Pero hubo una que llamó mi atención más que nada. Decía “bien”. Era la sexta definición, y me quedé con esa idea de bien en mi cabeza.
Me gustó pensar en esas cosas que me gustan como aquellas que suponen un bien para mí. Recurrí otra vez al diccionario y también observé que “bien” tiene un montón de definiciones y sentidos. Por supuesto, mis ojos y mi lectura se fijaron únicamente en la definición que mejor se cerraba a mi idea, la primera: “Aquello que en sí mismo tiene el complemento de la perfección en su propio género, o lo que es objeto de la voluntad, la cual ni se mueve ni puede moverse sino por el bien…”.
Así fue que llegué a elaborar esa lista de cosas / bienes para mí. No son únicamente objetos. No son personas. No son situaciones, ni colores. No son sensaciones, ni compañías. Son solo cosas que me enamoran, que me mueven, que mueven mi voluntad. Varias y muchas.
He aquí la lista:
El tinte ocre de otoño en los árboles.
Hamacarme.
Las aldabas.
Las cajitas de música.
La forma en que él pronuncia “Romi”.
Viajar.
Los terroncitos de azúcar.
El número cuatro y la familia numerosa.
El arco iris los días de lluvia.
Los años bisiestos.
Las flores de papel que alguien te regala.
Las puertas de madera de las casas antiguas.
Los buzones.
La risa desde las tripas.
El color azul glaciar.
Su abrazo contenedor las noches que no puedo dormir.
Las acuarelas.
La vieja línea A del subte de Buenos Aires.
Las telarañas de las viejas cerraduras.
Los chalecos tejidos por mamá.
Las estaciones de tren de pueblo.
Los bancos de esas estaciones.
Las esperanzas que se sentaron en esos bancos.
La sensación en la panza en la montaña rusa.
La perfecta redondez de su ombligo.
Los pomponcitos de algodón.
Los domingos de películas en invierno.
La pizza fría con el mate en la mañana siguiente.
Las anécdotas familiares.
Las vacaciones de invierno del cole.
Las historias de amor con final feliz.
Las charlas con la abuela.
Los triciclos.
Los tonos pastel.
Los viajes en auto a ningún lugar con mis amigos.
Las risas de mis sobrinos.
Sus pestañas.
Sus abrazos.
El olor del pasto recién cortado.
Cantarle canciones de cuna a los bebés.
La sensación de piel de gallina en el cuerpo.
El perfume de la lluvia en el campo.
El “buen día!” de un desconocido.
Los mates con las chicas.
El olor a mandarina recién arrancada.
Los amarilis de la abuela.
La siesta en hamaca paraguaya.
El ronroneo de mis gatos.
El chocolate.
Los relojes de arena.
Las confesiones con mi amiga.
Las fiestas con mi familia.
Los globos terráqueos.
Las fotos viejas.
El olor a libro.
Algunos cielos.
La mirada cómplice y divertida de mi viejo.
Meter las manos en la tierra húmeda de mis plantas.
Contar molinos en un viaje a Roque Pérez.
Esas cajas de lápices de decenas de tonos distintos.
Los globos aerostáticos.
Las mariposas.
La forma en que el hielo se derrite en la boca en el verano.
La fotografía.
La luna llena.
El molinillo de pimienta.
El perfume de la pimienta recién molida en comida casera.
Mirarlo mientras cocina para los dos.
La botella de vino para celebrar.
Armar la mochi para salir de Buenos Aires.
La seda.
El juego de bochas.
La máquina de coser.
La nieve.
La nieve que se come, la que venden en las plazas.
El almuerzo en familia y el asado con gente querida.
Los días largos de primavera.
Los lunes de café con mamá.
El abrazo prolongado con quienes quiero.
El calor del sol en los días frescos.
El olor de los bebés.
La reunión con amigos.
El olor a la tierra mojada.
Y creo que podría seguir. Porque a medida que escribo, se me vienen más y más cosas que me enamoran a la cabeza y a la piel. A muchas de ellas tengo la posibilidad de disfrutarlas casi a diario, de sentirlas al menos a diario. Son las que conforman mi patrimonio, hacienda, caudal; otra definición de bien. Y otras, son esas que despertaron momentos o situaciones placenteras, que me movilizaron y que me conforman, por lo que son también mi patrimonio.
Había una canción de una película cautivadora en mi infancia: mis cosas favoritas. Y aquí están más o menos, entonces, las notas que hacen sonar mi propia melodía.




domingo, 25 de septiembre de 2016

Encuentro...

Me perdí un día. No sé cómo, cuándo, ni dónde. Me perdí en laberintos ciegos de salidas y pretextos.
Me perdí en silencios bulímicos de secretos ahogados. Me perdí en sombras de días cansados.
Me cegué en pretéritos de porvenires. Me callé en suspiros expectantes. Me fui yendo, despacio y de a poco, casi sin darme cuenta.
Me hundí en pesadillas de rutinas enviciadas. Me oculté en costumbres repetidas y absurdas. Me escondí en palabras sin sentidos entre voces conocidas.
Me agazapé en nostalgias y recuerdos. Me deshice de virtudes y sueños. Me fui yendo, en silencio, cobardemente. Y ya el espejo no respondía.
Me perdí un día y me costó el regreso. No había vuelos, ni brújulas, ni estrellas.
Y una noche, te encontré en el cielo. Te seguí intuitivamente, te corrí. Me aferré con los ojos cerrados a mi cama, pese a las horas insomnes que me urgían.
Me vi en tus ojos reflejada. Me sentí en tu abrazo. Recobré el día, las horas de luz, la música. Percibí los domingos, las mañanas de primavera. Los viví. 
Me materialicé en caricias, en perfumes. Me enredé en susurros, en tus dedos. Me envicié de tardes juntos, de noches largas. 
Me perdí de nuevo, sin quererlo. Me perdí en tus plegarias, en tus ojos, en tus tiempos. Me cegué en tus manos. Me callé en tus besos. Me encontré en tus huellas.