Me perdí un día. No sé cómo, cuándo, ni dónde. Me perdí en laberintos ciegos de salidas y pretextos.
Me perdí en silencios bulímicos de secretos ahogados. Me perdí en sombras de días cansados.
Me cegué en pretéritos de porvenires. Me callé en suspiros expectantes. Me fui yendo, despacio y de a poco, casi sin darme cuenta.
Me hundí en pesadillas de rutinas enviciadas. Me oculté en costumbres repetidas y absurdas. Me escondí en palabras sin sentidos entre voces conocidas.
Me agazapé en nostalgias y recuerdos. Me deshice de virtudes y sueños. Me fui yendo, en silencio, cobardemente. Y ya el espejo no respondía.
Me perdí un día y me costó el regreso. No había vuelos, ni brújulas, ni estrellas.
Y una noche, te encontré en el cielo. Te seguí intuitivamente, te corrí. Me aferré con los ojos cerrados a mi cama, pese a las horas insomnes que me urgían.
Me vi en tus ojos reflejada. Me sentí en tu abrazo. Recobré el día, las horas de luz, la música. Percibí los domingos, las mañanas de primavera. Los viví.
Me materialicé en caricias, en perfumes. Me enredé en susurros, en tus dedos. Me envicié de tardes juntos, de noches largas.
Me perdí de nuevo, sin quererlo. Me perdí en tus plegarias, en tus ojos, en tus tiempos. Me cegué en tus manos. Me callé en tus besos. Me encontré en tus huellas.
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