sábado, 30 de mayo de 2015

La vida y la felicidad

La vida es un instante. Y la felicidad, también. Un instante es infinito si logramos entenderlo. Así fue que una tarde de invierno, ya acercándose la primavera, descubrí ese instante en el que el tiempo se detiene, suena la música, el jazz, bailan los bastones y rugen las nubes.

Es tan maravilloso cuando la felicidad toma un rostro, lo transforma, lo ilumina, lo sacude. Allí, la vida recobra sentido, es magia, es química, se hace carne. La piel se eriza cuando estas situaciones se desenvuelven.

Esa tarde gris, San Telmo se estremecía bajo el encanto del saxo. A lo lejos se escuchaban los tamboriles de una murga paseandera. Pero el sonido furioso del saxo, eclipsaba las voces, los tambores y las risas. La muchedumbre se agolpaba a ver la escena. Los músicos disfrutaban el encanto y los espectadores se dejaban llevar. Todos, excepto ellos, escuchaban tiesos, mudos. Ellos decidieron ser parte del espectáculo. La felicidad en sus rostros nos dejó maravillados.

Un perro paseaba moviendo su cola. Nosotros nos detuvimos a sentir la vida. La música invadía las calles y las almas. Él no lo dudó. Usó su bastón trípode de compañero y bailó sonriente. Como si estuviera solo… sonriente, brillante, reviviendo, cautivado.

En su rostro, había éxtasis, maravilla, ilusiones. En sus manos, los temblores acompañaban la música. Sus piernas débiles se hicieron valientes. Y bailó, sonrió, creció, se hizo grande y estalló. Se hizo fuerte, se hizo música. Y bailó, solo, con el bastón, con la risa, solo otra vez, pero vivo.


martes, 26 de mayo de 2015

Lluvia de una tarde de otoño

Una tarde lluviosa, de otoño,
vi el cielo gris y las calles resbalosas,
sentí las gotas bañando los árboles,
oí el ruido de los autos al pisar el agua,
miré los paraguas que se chocan
en el caminar apurado de la gente.
Esa tarde lluviosa, observé alrededor,
me pregunté por qué las molestias,
por qué las corridas, por qué guarecerse,
por qué no andar en bici y sentirla,
por qué no caminar y vivirla.
Si la lluvia es vida, es naturaleza,
es renacer, es experiencia.
por qué no festejarla.
A esa lluvia
que reverdece,
que riega los campos
y hace crecer el arroyo.
A la lluvia
que se cuela por todos lados,
que hace florecer el jardín
y esconderse a los gatos.
Lluvia
que despierta el olor del pasto,
que repicotea en las tejas
y despabila del letargo.
Lluvia
que emociona,
que eriza la piel,
que promete.
Lluvia
que invita a la siesta,
al abrazo del amado,
al mate en la cama.
Lluvia
que limpia,
que sana,
que alimenta el alma.


jueves, 14 de mayo de 2015

Colorín... Colorado...

Nada es tan interesante como esa relación que se genera entre abuelos y nietos. Pocas cosas reconozco tan maravillosas. No tengo registro de muchas imágenes en ese sentido con mis abuelos. Son más vale fotos sueltas que se aparecen en mi cabeza.
Recuerdo a Martín, con su traje color chocolate, la camisa blanca inmaculada y sus dedos largos, sentado en el sillón del living de casa, y yo jugando a caballito en su pierna cruzada. Lo recuerdo desayunando juntos, con su té con leche y los bizcochitos Canale, que aún añoro. Recuerdo a Salvador, con su pantalón sport y la chomba color azul con detalle rojo en el cuello, pasearse por el patio, jugando con Florencia, mirándonos jugar a nosotros. Lo recuerdo reírse, y más viejo, más cariñoso. Son sólo estas imágenes las que guardo y atesoro. Pocas, para mi gusto, pero marcadas a fuego.
Sin embargo, he visto crecer esa relación entre abuelo y nieta. He visto correr a la niña, a los brazos del abuelo, apoyado en sus rodillas al verla llegar, para quedar a su altura. He observado la fascinación con que la niña mira a su abuelo, mientras él –enamorado- le cuenta historias de las que nacen de la cabeza y del corazón. Los he visto, solitarios, como viviendo otros tiempos, ajenos a los demás e imaginando otros mundos.
He presenciado historias. De hormigas viajeras, de conejos en vacaciones, de piratas y ballenas, de princesas y caballeros, de misterio y de suspenso… He visto a la niña almorzar apurada, esperando el final del cuento iniciado a la mañana. He visto al abuelo dibujar caminos de sueños, planear aventuras increíbles, contar fotos con historias.
Tuve el privilegio como pocos, de verlos en acción, sin luz y sin cámaras. Ella al borde de dormir; él, tejiendo ese sueño. Los he observado en silencio, desde lejos y más cerca. Absorta, también, por la magia de ese rato. Los he escuchado reírse, cómplices y encantados. Los veo mirarse, ansiosos y expectantes.
Los veo solitarios, rodeados de gente, absortos en un momento único entre ellos, con los gritos alrededor, voces que no calman y ruidos que no cesan. Los veo mirándose, asombrados, las cejas de ambos levantadas, los ojos bien abiertos, las muecas sonrientes, la premura en las manos y la paciencia en la palabra. Los veo, cómplices, guardando secretos entre ellos. Los veo mirarse y guiñarse un ojo, sonreír y volver a mirarse.
Escucho la voz aguda pidiendo “otro, otro!”. Y se repite el ritual. El abuelo antes de pararse del todo, vuelve a sentarse apurado. Se pregunta, se concentra, entrecierra los ojos y levanta sus cejas canas. Ella se tapa, se cobija, se acurruca y se prepara para una nueva historia. ¿Dónde los llevará el tiempo esta vez? ¿Hasta qué lugares mágicos llegarán? ¿Qué cielos inventados recorrerán ahora?


Había una vez… y la magia vuelve a invadir ese instante.


domingo, 10 de mayo de 2015

Cachetazo de realidad

Volví de las vacaciones. Retomar la rutina en la oficina es duro. Los expedientes esperando, el calor y la humedad de mi ciudad que aplastan, el teléfono que no para de sonar. La euforia, la locura y las corridas retoman sus cotidianos quehaceres.

Fueron unas vacaciones distintas, de música, de espacios nuevos. Fue un enero de florecimientos, de sueños y creaciones. Fueron días de familia, de encuentros y de promesas. También, de lunas, de lluvias y de río. Fueron atardeceres de arrebol, de encanto y de grillos. Fueron vacaciones de pensar, reflexionar y leer. Fueron días al calor del amor, de la amistad y los valores. Fueron vacaciones de proyectos, de vaivenes y de siestas. 

Probablemente, por ello la vuelta a la rutina fue más difícil que siempre y que nunca. El Modo Vacaciones no se prolongó por mucho tiempo, como hubiera deseado. Pero en medio de esas vacaciones, como palpitando el regreso a la oficina, a la rutina y al cemento, se me apareció esa idea que siempre repetimos casi sin pensar: volví de las vacaciones y la vida me dio un cachetazo de realidad. 

Y lo pensé mejor… allí sentada en la playa, compartiendo el mate, el atardecer y el silencio con aquellos compañeros clandestinos del momento y murmurando con algunas de las amigas que me colman. Muy por el contrario, pensé. Que la rutina suponga un cachetazo de realidad es un pensamiento tan alejado de la misma. Y allí sentada lo vi claramente. La realidad es el mar, es la puesta del sol, es poner las patas en el agua, es respirar puro, es compartir el abrazo y el mate, es vivir, es sentir, es latir. 

Realidad es mirar el atardecer, es quedarse despierta mirando el eclipse que nunca se ve, es buscar las estrellas sin señalarlas para que no salgan verrugas. Es despabilarse con el abrazo del compañero bien temprano, es correr a la ducha, es la fruta ácida que se muerde y molesta. Realidad es la sopa que reconforta el cuerpo del frío y el alma del dolor. Es mirar la luna y buscarle la cara. Es jugar con los niños hasta que duela la espalda, pero sonría el alma. 

Realidad son los sueños hechos carne, es la piel erizada con el beso, con el encuentro. Es mirar la naturaleza y ver belleza.