La vida es un instante. Y la felicidad,
también. Un instante es infinito si logramos entenderlo. Así fue que una tarde
de invierno, ya acercándose la primavera, descubrí ese instante en el que el
tiempo se detiene, suena la música, el jazz, bailan los bastones y rugen las
nubes.
Es tan maravilloso cuando la felicidad toma un
rostro, lo transforma, lo ilumina, lo sacude. Allí, la vida recobra sentido, es
magia, es química, se hace carne. La piel se eriza cuando estas situaciones se desenvuelven.
Esa tarde gris, San Telmo se estremecía bajo el
encanto del saxo. A lo lejos se escuchaban los tamboriles de una murga
paseandera. Pero el sonido furioso del saxo, eclipsaba las voces, los tambores
y las risas. La muchedumbre se agolpaba a ver la escena. Los músicos
disfrutaban el encanto y los espectadores se dejaban llevar. Todos, excepto
ellos, escuchaban tiesos, mudos. Ellos decidieron ser parte del espectáculo. La
felicidad en sus rostros nos dejó maravillados.
Un perro paseaba moviendo su cola. Nosotros nos
detuvimos a sentir la vida. La música invadía las calles y las almas. Él no lo
dudó. Usó su bastón trípode de compañero y bailó sonriente. Como si estuviera
solo… sonriente, brillante, reviviendo, cautivado.
En su rostro, había éxtasis, maravilla,
ilusiones. En sus manos, los temblores acompañaban la música. Sus piernas
débiles se hicieron valientes. Y bailó, sonrió, creció, se hizo grande y
estalló. Se hizo fuerte, se hizo música. Y bailó, solo, con el bastón, con la
risa, solo otra vez, pero vivo.



