Nada es tan interesante como esa
relación que se genera entre abuelos y nietos. Pocas cosas reconozco tan maravillosas. No tengo registro de muchas
imágenes en ese sentido con mis abuelos. Son más vale fotos sueltas que se
aparecen en mi cabeza.
Recuerdo a Martín, con su traje
color chocolate, la camisa blanca inmaculada y sus dedos largos, sentado en el
sillón del living de casa, y yo jugando a caballito en su pierna cruzada. Lo
recuerdo desayunando juntos, con su té con leche y los bizcochitos Canale, que
aún añoro. Recuerdo a Salvador, con su pantalón sport y la chomba color azul
con detalle rojo en el cuello, pasearse por el patio, jugando con Florencia,
mirándonos jugar a nosotros. Lo recuerdo reírse, y más viejo, más cariñoso. Son
sólo estas imágenes las que guardo y atesoro. Pocas, para mi gusto, pero marcadas
a fuego.
Sin embargo, he visto crecer esa
relación entre abuelo y nieta. He visto correr a la niña, a los brazos del
abuelo, apoyado en sus rodillas al verla llegar, para quedar a su altura. He
observado la fascinación con que la niña mira a su abuelo, mientras él –enamorado-
le cuenta historias de las que nacen de la cabeza y del corazón. Los he visto,
solitarios, como viviendo otros tiempos, ajenos a los demás e imaginando otros
mundos.
He presenciado historias. De
hormigas viajeras, de conejos en vacaciones, de piratas y ballenas, de
princesas y caballeros, de misterio y de suspenso… He visto a la niña almorzar
apurada, esperando el final del cuento iniciado a la mañana. He visto al abuelo
dibujar caminos de sueños, planear aventuras increíbles, contar fotos con historias.
Tuve el privilegio como pocos, de
verlos en acción, sin luz y sin cámaras. Ella al borde de dormir; él, tejiendo
ese sueño. Los he observado en silencio, desde lejos y más cerca. Absorta,
también, por la magia de ese rato. Los he escuchado reírse, cómplices y
encantados. Los veo mirarse, ansiosos y expectantes.
Los veo solitarios, rodeados de
gente, absortos en un momento único entre ellos, con los gritos alrededor,
voces que no calman y ruidos que no cesan. Los veo mirándose, asombrados, las
cejas de ambos levantadas, los ojos bien abiertos, las muecas sonrientes, la
premura en las manos y la paciencia en la palabra. Los veo, cómplices, guardando
secretos entre ellos. Los veo mirarse y guiñarse un ojo, sonreír y volver a
mirarse.
Escucho la voz aguda pidiendo “otro,
otro!”. Y se repite el ritual. El abuelo antes de pararse del todo, vuelve a
sentarse apurado. Se pregunta, se concentra, entrecierra los ojos y levanta sus
cejas canas. Ella se tapa, se cobija, se acurruca y se prepara para una nueva
historia. ¿Dónde los llevará el tiempo esta vez? ¿Hasta qué lugares mágicos
llegarán? ¿Qué cielos inventados recorrerán ahora?
Había una vez… y la magia vuelve
a invadir ese instante.

Buenisimo! Mágico y tierno, como suelen ser esas relaciones entre nietos y abuelos. Cada día creciendo mas en los escritos.
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ResponderBorrarHermoso Romi!
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