Se me ocurrió que podría escribir algo por el día de la mujer. Ese día tan difícil en el que los hombres que me conocen saben que no me gusta que me saluden y me feliciten, que no hay nada que festejar, que la idea es rememorar la lucha que hace años atrás iniciaron otras hermanas y que hoy nos toca seguir a nosotras.
Pensé que tal vez, rendirles homenajes a las mujeres que me hacen bien, que tengo cerca y que se han transformado en pilares de mi vida, era una forma de reivindicar esa lucha histórica por la equidad. Reconocer lo que somos y lo que hacemos es una forma de hacer presente la lucha de siempre.
Pensé en rendirles un homenaje a éstas, las mujeres de mi vida, los modelos que necesito, las tutoras de mi crecimiento, los oídos de mis silencios, los hombros de mis llantos y las razones de mis alegrías. Esta es la oportunidad para reconocer la mujer en la que me convertí y la que soy hoy, gracias a ellas. Porque en ellas, encuentro el sosiego que necesito, el empuje otras veces, la mano para seguir adelante y las ganas que a menudo me abandonan.
Ya mi abuela y mi mamá, me habían enseñado de ese código secreto entre las mujeres. De esa fuerza y energía, que nos brota de los ovarios. De esa fuerza que nos hace revelarnos contra lo que consideramos injusto y la energía para hacer cosas de las que no nos creíamos capaces. También me hablaron de la dureza de nuestros corazones para soportar lo que parece imposible, y de la delicadeza de nuestras manos y nuestras palabras para entibiar el hielo. Me hablaron con ejemplos, con modelos. Me contaron de persistencias y de combates.
Hoy veo en las mujeres de mi vida esa lucha, esas cicatrices y ese empuje. Veo que somos capaces de enfrentar la enfermedad y la muerte de los seres más amados, la separación y el olvido, el dolor del parto y la lejanía de los que adoramos. Somos capaces de crear maravillas, de hacer magia y curar corazones heridos. Tenemos la capacidad de convertir una casa en un hogar, una mancha en una obra de arte y una pareja en una familia. Podemos dar vida, crearla y modificarla sólo con nuestros deseos. Gozamos del olfato, incluso si faltara el sentido; de la intuición y la convicción. Aguantamos el dolor de ver sufrir al otro, le sonreímos y sostenemos su mano. Nos hacemos más fuertes con cada golpe. Lloramos a escondidas y nos empoderamos. Usamos la energía que nos da la tierra y descalzas en el pasto somos más fuertes, más agudas. Conocemos de ungüentos, pomadas, pastillas y charlas sanadoras. Nos damos fuerza en cada encuentro y construimos espacios, de esos en los que nos sentimos libres, seguras y escuchadas.
Sabemos de abrazarnos y llorar. Sabemos compartir el vino, el mate y el tereré. Sabemos de tomar las armas y acariciar la piel más delicada; de enjugar suavemente las lágrimas y gritar lo que sentimos y pensamos. Sabemos de compañías y de soledades. Sabemos de pelearla y vencer. Sabemos también de pérdidas, de caernos y levantarnos. Sabemos del dolor, del silencio y del llanto. Sabemos de escucharnos, de reírnos y retarnos. Aprendimos a juntarnos y encontrarnos. Aprendimos a defendernos, a unirnos y enfrentar el peligro, a no callarnos, a denunciar, a cubrirnos. Aprendimos a ser cómplices, a mirarnos y hablar sin palabras, a ser duras e invencibles y tiernas y sensibles a la vez.
He aprendido en estos años de lucha silenciosa, que tenemos que retomar las armas y hacernos oír. Esas armas, las nuestras, las que nos dan sentido y nos conforman. El teclado y la cámara, el pincel y el cincel, la palabra y la imagen, el delantal y la calculadora, la imaginación y la acción, el cucharón y la pinza, el bastón y el trípode, el papel y el martillo, la mamadera y el guardapolvo, la tiza y la brújula. Buscar las armas y empuñarlas otra vez, con fuerza, unidas, juntas, apoyándonos unas a otras, empujándonos. Tenemos que contagiar, provocar, asumir y mostrar todo aquello de lo que somos capaces y nos merecemos. Es nuestra posibilidad reconocernos en la otra, buscarnos y encontrarnos para seguir y crecer. Y también para remontar vuelo, alejarnos y volver.

