martes, 24 de febrero de 2015

El rincón donde habitan las mariposas

Siempre me impactó el egoísmo. Esa necesidad de tener con nosotros, por siempre, a quien ya se está yendo. De retener, de acumular, de aprisionar. ¿Con qué fin?


En ese sentido, la naturaleza es muy sabia. Todo tiene un proceso, una forma y un espacio. Todo tiene una historia, un inicio y un desenlace. Hasta lo aprendimos en el colegio, casi sin llegar a entenderlo. Pero es así, la seño de tercer o cuarto grado tenía razón. Y aunque tampoco lo entendimos en ese momento, la vida se encarga de todo. La naturaleza se transforma en la mejor maestra, a veces se aprende por el shock, a veces por el tiempo y otras, por el cielo.



La vida fue feliz. Ella era una de esas abuelas que hacen magia. Preparaba las mejores milanesas del mundo. Otra especialidad era el pastel de papa, decorado a caminos de tenedor. Sus ñoquis eran un sueño a rayas. Creo que ambos imitaban los surcos del arado de su campo añorado, extrañado. Si hubiese escrito “gnocchi”, se hubiese reído a carcajadas. Ella sabía de la risa, del llanto y del abrazo. Ella sabía de curaciones, de rodillas raspadas y de corazones rotos. 


Ella conocía los secretos del mate, tan necesario para estudiar de noche. Sabía de la importancia del otro, del amor entre hermanos. Sabía que el número siete es sagrado. Practicaba la religión y todos los domingos, la visita a sus muertos con crisantemos y claveles. Ella sabía de flores y de plantas, de amarilis y de rosas. Sabía que los animales no entran a la casa, hasta que Serafín calentó su cama. 

Ella sabía de niños jugando, corriendo, y de patines para el living. Sabía de nietos y bisnietos. Nunca aprendió a prender la computadora. La asustaba la pantalla negra que su bisnieto se empeñaba en mostrarle, divertido. El teléfono inalámbrico la sorprendió, pero entendió el concepto. Las charlas por teléfono se hacían de mañana o al bajar el sol. La siesta era sagrada. Y la novela, también.

Sabía de batallas, de guerras y de esperanza. Se enfrentó al cáncer, al frío y al olvido. Vencedora, siempre. Nunca estuvo sola. Supo rodearse de afecto, de amores y de vals. Supo de caballos, de escaleras y de sueños.

Terminó el verano. Pasaron otoño e invierno duros. Y la naturaleza, sabia, fue marchitando las flores. La religión la había abandonado. Ella sola se dio cuenta. Dejó su rosario, maldijo algún día, como desquitándose, como haciendo catarsis. Pero al poco tiempo, retomó la oración para adentro, en murmullos, renovó esperanza y fe. Tal vez entendió lo que aún busco saber.

Era de esas abuelas que hacen magia. Y así fue que una tarde, en homenaje a la recién inaugurada primavera, se transformó en mariposa. La metamorfosis fue en paz y en silencio, rodeada de los que la amábamos. Y voló y es más linda y libre que nunca.

Y siempre pienso que ahí está, en ese rincón del planeta, que todavía no conocí… Creí descubrirlo muchas veces. Me acerqué sigilosa buscándola, para verla. Pero no, como tantas veces, no era allí…


sábado, 21 de febrero de 2015

Amelia

Las manos de la abuela
eran firmes y delicadas.
Sus dedos eran largos,
delgados, cariñosos.
Hasta el último suspiro
usó su alianza,
como ignorando la muerte,
el tiempo, el olvido,
como recordando el amor,
el cariño, la pasión.
Eran manos de abuela,
que cocía con amor,
que cocinaba, que trabajaba.
Eran manos con aroma
a tortas fritas y a "princesitas".
Eran manos con sabor
a polenta caliente,
a mates de la tarde,
a puré enrejado.
Eran manos con promesas,
con anhelos, con dulzura.
Las recuerdo manchadas,
arrugadas, cansadas.
Las recuerdo hábiles,
ansiosas, amorosas.
Las siento todavía
sensibles, tolerantes.
Las siento acariciándome
las mejillas, los hombros,
mis propias manos.
Las extraño cómplices,
alegres, apuradas.





lunes, 16 de febrero de 2015

Barrilete

Una vez, en la playa, con la peor de mis cámaras, un día gris, sin sol y sin lluvia, con viento y con amigas, con wafles y café caliente, vi la imagen perfecta y la historia maravillosa.

No tengo demasiados problemas para echar a volar mi cabeza. Probablemente, sea también una combinación genética de la fantástica imaginación de mi viejo y la emoción que le pone mi mamá a todo. Y sí, heredé los ojos de mi papá y los problemas circulatorios de mi mamá… La genética actúa de formas impredecibles y delicadas. Una combinación perfecta para mí, para mi mirada de fotógrafa novata y mi teclado de escritora soñada.

Pero allí estábamos nosotras. Y ellos. Los vi de lejos, desde dentro del bar sobre el muelle. Estábamos solas en el café, buscando entrar en calor en un enero distinto y en una playa sin sol. Miro la cámara que había llevado a esas vacaciones de chicas en busca de paz y catarsis, casi quedándose sin batería, después de haber caminado por la playa, de habernos detenido por el mate, con el viento en la cara y el alma en la charla, con amores deseados y un universo estancado. Y ellos allí, aprovechando el viento y la inmensidad.

La imagen de lejos era hermosa. La historia que guardaba, mejor. Padre e hijo, en una delicada complicidad en la playa. Los vi juntos, me imaginé la vida… un señor solo, viudo, de vacaciones nuevamente con su hijo, después de tantos años. Su hijo, también solo. Recién separado, quizás. Experimentando otra vez esa rara situación de salir juntos de vacaciones, de retomar pasiones y reconfigurar enseñanzas, charlas y silencios. Se los veía felices, en silencio. El mayor jugando, como niño, remontando el barrilete, como tantas veces lo había hecho de chico, como le había enseñado a su propio hijo, tantos años atrás, también en la playa, en una de esas vacaciones familiares que tanto disfrutaban. El más joven, orgulloso, admirado, de ver a su padre con la cometa, remontando vuelo, tocando las nubes, jugando otra vez, desafiando al viento y a la gravedad. Aprendiendo, quizás, el valor del tiempo compartido, de la experiencia y de la connivencia. Fabulando historias de vida, de las que pasaron y de las que vendrán.

Yo, expectante e impactada, el barrilete en el cielo, y ellos tan cerca. Se siente el ruido del mar con el viento. Es ese arrullo tranquilo de las olas que van y vienen. Algunos caracoles y piedras en la costa, la arena tibia, húmeda, para arraigarse fácilmente. Pescadores a lo lejos, buscando tal vez la cena, o solo pasar el rato. Pero el universo se frena, el tiempo se detiene, el café se enfría y la cámara revela un momento, eterno, etéreo, de paz y complicidad, de aciertos y experiencias. Y eso es magia…


martes, 10 de febrero de 2015

Olor a pueblo

Me gusta la gente de pueblo, eso de caminar por la calle y que todos te saluden. Me gusta que desear buen día, sea costumbre compartida. Que los chicos corran por las calles, jueguen con una pelota pinchada y corran con los perros. Me gusta que la gente salga a dar la vuelta a la plaza, que se choque con el otro, que se genere un espacio de encuentro, de charla, de sociales.


Me gusta el calor de pueblo. Las calles de tierra que al pasar el auto, vuelan el polvo. Que las zapatillas de lona, siempre blancas, se tiznen de gris. Me gusta que se siente la tierra en la boca, se ve en el ombligo y se toca en el pelo. 

Me gusta la siesta de pueblo. Ese momento sagrado de todos los días, de almacenes cerrados, de silencio a los gritos y de mandarinas recién arrancadas del árbol. Me gusta la complicidad de esa siesta, cuando los niños que no duermen, juegan en voz baja, de a puntitas de pie. La pelota se aquieta a esa hora, se detiene el tiempo, se cierran las cortinas. 

Me gusta sentirme una más del pueblo. Que me reconozcan, incluso como la extraña, que me saluden deseándome un “buen día”. Me gusta dormir la siesta a la sombra del mandarino, el agua fresca de la bomba, y la quietud de ese rato.

Me gusta el cielo de pueblo, de celestes y azules, de nubes bien blancas. Me gusta despertarme con los grillos, con las gallinas y los gallos. Disfruto la mañana de pueblo, el mate caliente en buena compañía, la galleta de campo crujiente. Disfruto la noche de pueblo, la comida casera y los porotos para marcar los puntos del juego de barajas.

Me gustan los mitos de pueblo y de campo. Eso de no dejar la pava vacía, siempre con un poco de agua; eso de los ñoquis caseros y los billetes debajo del plato; eso de no barrer de noche; del miedo a la luz mala. Me gusta la costumbre del mate, de la reunión en torno a la cocina, de mujeres revoloteando por allí. Me gusta el olor a la leña y a comida recién preparada. 

Me gusta el sonido de la risa, del cotorreo de las mujeres en la cocina, de la bomba de agua. Me gusta el ruido de la cocina económica, de la puerta siempre abierta y del viejo mosquitero. Me gusta la música de la naturaleza, sus tiempos y sus compases. 

Me gusta el olor a pueblo, eso de caminar por la tierra, llenarse de polvo, respirar ese polvo y sonarse la nariz con tierra. Me gusta el color desteñido de las paredes, el ruido de la madera crujiente de la puerta y los postigos. Me gusta ver la pared corroída, el ladrillo a la vista, el esfuerzo realizado.

Me gusta sentir el olor a lluvia en el pueblo, en el campo, y sentir el rocío de la mañana en mis pies descalzos. Me gusta la postal del pueblo llovido, de los árboles mojados y del balde con la regla para contar los centímetros que llovieron. 

Me gusta el olor a pueblo, a familia y a raíces; a perros y a zorrinos; a siesta y a sombra.



sábado, 7 de febrero de 2015

Espiando

Esa tarde la encontró allí, distraída, paseando, como otros tantos domingos, sin nadie a quién recurrir, sin deudos que tuvieran espacio para la charla, para el abrazo. Sin billetera para el café ni esfuerzos para el convite. Tantos años así, sin ganas y sin olvidos, y, por supuesto, sin memorias. Tantos años de ilusiones inútiles, de credos vagantes, de renuncias, de postergaciones…


Nadie diría que seguía buscando. La búsqueda se había cansado ya hacía tiempo, ya… Al principio, no paró… Luchó contra la duda y contra la mirada ajena. Peleó sin tregua contra la nostalgia y la finitud. Peleó contra los fantasmas y las habladurías, que a veces son peores que los fantasmas. Luchó contra los tiempos y las distancias. Nunca entendió cómo fue que vivió aferrada a algo que de repente se desarmó entre sus dedos sin siquiera darse cuenta. ¿Fue todo mentira o fue sólo un sueño? Tantos misterios…

La vida la ilusionó demasiado joven y la asesinó casi al mismo tiempo. En uno de esos lugares, donde la siesta es sagrada y la plaza es la asamblea de chismes. De esas plazas, donde los surcos de las vueltas dan cuenta del tiempo transcurrido. De esos rincones, donde el desvencijo escondió el tren. De esas vías, vacías de trenes y repletas de telarañas. Allí y así, se quedó, vacía de todo, de él, de su familia, de una vida, de ilusiones.

Se enamoró muy temprano. Una mañana de marzo, con el sol tenue en la ventana y la galleta crujiente sobre el mostrador del viejo almacén. La bomba todavía colaba un hilo de agua, que la pava recogió sobre la cocina económica. No había nadie. Era el día de las compras. El tratarse de un almacén de ruta, siempre deparaba alguna que otra sorpresa. Y ese día, sería la más importante y definitiva. Así se conocieron.


Ella exploró de su mano los misterios de la vida, del orgasmo y la mentira. Él, experto, la encantó y la condenó sin demasiado cuidado. Las siestas fueron eternas, y una tarde, a la sombra del naranjo, ella creyó conocer el amor. Las promesas abundaron y los sueños galoparon en el corazón y en el sexo. Y él partió. Su trabajo lo esperaba en la ruta. Su familia lo esperaba más lejos. Pero ella lo esperó, soñando despierta e ignorando la vida.


Fue rápido el resto de la historia. Los cambios se agolparon en la panza, en la casa y en el pueblo. En el tren, partió y ya nunca supo regresar. No recuerda ni qué hora era, ni cuándo vivía. No supo más, no supo nunca. La vergüenza la escondió y la culpa le dolió.

El tiempo pasó, pero no curó las heridas, no cerró las cicatrices, no calmó las dudas. Nunca supo regresar. Y vagó por mil ciudades, mil rutas y mil camiones. Y hurgó, buscó y prometió. La vida la dejó sin nada, lo puesto, una bolsa con sus pocas pertenencias, y algún viejo conocido donde guarecerse a la noche. Esas largas noches de insomnio, de búsquedas y de fantasmas.

Nunca más volvió. ¿A qué y para qué? La vida pasó. Mil rincones recorridos y los sueños rotos. Las heridas no cierran, la memoria no perdona, no da tregua. Nada volvió a tener sentido.

Hasta ese día, esa tarde demorada. Esta tarde de sorpresas y milagros. Una tarde de visiones y de espantos. Creyó verlos, los espió, los revisó. Volvió a espiar. Ya no supo. Partió y ya nunca supo regresar.