Nadie diría que seguía buscando. La búsqueda se había cansado ya hacía tiempo, ya… Al principio, no paró… Luchó contra la duda y contra la mirada ajena. Peleó sin tregua contra la nostalgia y la finitud. Peleó contra los fantasmas y las habladurías, que a veces son peores que los fantasmas. Luchó contra los tiempos y las distancias. Nunca entendió cómo fue que vivió aferrada a algo que de repente se desarmó entre sus dedos sin siquiera darse cuenta. ¿Fue todo mentira o fue sólo un sueño? Tantos misterios…
La vida la ilusionó demasiado joven y la asesinó casi al mismo tiempo. En uno de esos lugares, donde la siesta es sagrada y la plaza es la asamblea de chismes. De esas plazas, donde los surcos de las vueltas dan cuenta del tiempo transcurrido. De esos rincones, donde el desvencijo escondió el tren. De esas vías, vacías de trenes y repletas de telarañas. Allí y así, se quedó, vacía de todo, de él, de su familia, de una vida, de ilusiones.
Se enamoró muy temprano. Una mañana de marzo, con el sol tenue en la ventana y la galleta crujiente sobre el mostrador del viejo almacén. La bomba todavía colaba un hilo de agua, que la pava recogió sobre la cocina económica. No había nadie. Era el día de las compras. El tratarse de un almacén de ruta, siempre deparaba alguna que otra sorpresa. Y ese día, sería la más importante y definitiva. Así se conocieron.
Ella exploró de su mano los misterios de la vida, del orgasmo y la mentira. Él, experto, la encantó y la condenó sin demasiado cuidado. Las siestas fueron eternas, y una tarde, a la sombra del naranjo, ella creyó conocer el amor. Las promesas abundaron y los sueños galoparon en el corazón y en el sexo. Y él partió. Su trabajo lo esperaba en la ruta. Su familia lo esperaba más lejos. Pero ella lo esperó, soñando despierta e ignorando la vida.
Fue rápido el resto de la historia. Los cambios se agolparon en la panza, en la casa y en el pueblo. En el tren, partió y ya nunca supo regresar. No recuerda ni qué hora era, ni cuándo vivía. No supo más, no supo nunca. La vergüenza la escondió y la culpa le dolió.
El tiempo pasó, pero no curó las heridas, no cerró las cicatrices, no calmó las dudas. Nunca supo regresar. Y vagó por mil ciudades, mil rutas y mil camiones. Y hurgó, buscó y prometió. La vida la dejó sin nada, lo puesto, una bolsa con sus pocas pertenencias, y algún viejo conocido donde guarecerse a la noche. Esas largas noches de insomnio, de búsquedas y de fantasmas.
Nunca más volvió. ¿A qué y para qué? La vida pasó. Mil rincones recorridos y los sueños rotos. Las heridas no cierran, la memoria no perdona, no da tregua. Nada volvió a tener sentido.
Hasta ese día, esa tarde demorada. Esta tarde de sorpresas y milagros. Una tarde de visiones y de espantos. Creyó verlos, los espió, los revisó. Volvió a espiar. Ya no supo. Partió y ya nunca supo regresar.

Hermosamente escrito, pero la tristeza vuelve a ser el ingrediente principal de tu relato. Espero ansioso aquel relato que cuente algo dichoso. Me encantan igual.
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