Una vez, en la playa, con la peor de mis
cámaras, un día gris, sin sol y sin lluvia, con viento y con amigas, con wafles
y café caliente, vi la imagen perfecta y la historia maravillosa.
No tengo demasiados problemas para echar a
volar mi cabeza. Probablemente, sea también una combinación genética de la
fantástica imaginación de mi viejo y la emoción que le pone mi mamá a todo. Y
sí, heredé los ojos de mi papá y los problemas circulatorios de mi mamá… La
genética actúa de formas impredecibles y delicadas. Una combinación perfecta
para mí, para mi mirada de fotógrafa novata y mi teclado de escritora soñada.
Pero allí estábamos nosotras. Y ellos. Los vi
de lejos, desde dentro del bar sobre el muelle. Estábamos solas en el café,
buscando entrar en calor en un enero distinto y en una playa sin sol. Miro la
cámara que había llevado a esas vacaciones de chicas en busca de paz y catarsis,
casi quedándose sin batería, después de haber caminado por la playa, de
habernos detenido por el mate, con el viento en la cara y el alma en la charla,
con amores deseados y un universo estancado. Y ellos allí, aprovechando el
viento y la inmensidad.
La imagen de lejos era hermosa. La historia que
guardaba, mejor. Padre e hijo, en una delicada complicidad en la playa. Los vi
juntos, me imaginé la vida… un señor solo, viudo, de vacaciones nuevamente con
su hijo, después de tantos años. Su hijo, también solo. Recién separado,
quizás. Experimentando otra vez esa rara situación de salir juntos de
vacaciones, de retomar pasiones y reconfigurar enseñanzas, charlas y silencios.
Se los veía felices, en silencio. El mayor jugando, como niño, remontando el
barrilete, como tantas veces lo había hecho de chico, como le había enseñado a
su propio hijo, tantos años atrás, también en la playa, en una de esas
vacaciones familiares que tanto disfrutaban. El más joven, orgulloso, admirado,
de ver a su padre con la cometa, remontando vuelo, tocando las nubes, jugando
otra vez, desafiando al viento y a la gravedad. Aprendiendo, quizás, el valor
del tiempo compartido, de la experiencia y de la connivencia. Fabulando
historias de vida, de las que pasaron y de las que vendrán.
Yo, expectante e impactada, el barrilete en el
cielo, y ellos tan cerca. Se siente el ruido del mar con el viento. Es ese
arrullo tranquilo de las olas que van y vienen. Algunos caracoles y piedras en
la costa, la arena tibia, húmeda, para arraigarse fácilmente. Pescadores a lo
lejos, buscando tal vez la cena, o solo pasar el rato. Pero el universo se
frena, el tiempo se detiene, el café se enfría y la cámara revela un momento,
eterno, etéreo, de paz y complicidad, de aciertos y experiencias. Y eso es
magia…

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