Ella posó sus pequeñas manos
sobre las teclas del piano, ya viejo.
Los sonidos se escucharon calmos,
disfónicos pero vivos.
Ella jugó con las teclas,
las blancas y las negras.
Dirimió bemoles y sostenidos,
guerra y paz. Calma.
Ella compuso frases e historias,
tejió cuentos y partituras.
Dirigió una ardua batalla
de graves y agudos. Armonía.
Las teclas y las cuerdas
bailaron acompasadas.
Sus cinco años dibujaron la nueva clave,
tan resuelta, simple y cierta.
Sus manitos se movieron
delicadas, en escala.
Su cabeza y el cabello
bailaron al son del piano,
mientras mirábamos, atónitos,
los más experimentados.
Una mueca de sonrisa
también de orgullo,
se delineó en los labios. Todos.
En clave de fa o de sol,
sus codos bailaban,
sus manos salticaban.
Sus piecitos apenas rozaban
el pedal. Reposado.
Su imaginación construía,
escribía, murmuraba, gritaba.
Nos estremeció su sabiduría
de pequeña gran artista,
la simpleza, la certeza:
'Dice mi mente que el piano
es como si dijera palabras.'
Dirigió una ardua batalla
de graves y agudos. Armonía.
Y así construyó un mundo
de negras, blancas y corcheas.
Melodía. Pentagrama.
Piano. Forte.
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