Increíblemente, había llegado ese momento. Ella
nunca lo había imaginado. Después de todo lo compartido juntas... Allí estaban,
al borde de la separación.
Se conocían de toda la vida. Ella la sentía a
su lado desde que hacía uso de conciencia, desde que tenía memoria. Siempre
habían estado juntas, en los mejores y en los peores momentos. Tita, con esa
expresión de paz en sus ojos, con esa carita que la había visto tanto reírse a
carcajadas cuanto llorado sin consuelo. Ella, con todas esas preguntas, con la
duda en la mirada, con los deseos en las manos. Y ahora estaban allí,
despidiéndose, con ese dolor en los ojos de quien se separa de su alma gemela.
¡Habían pasado tantos años! Ella no registra
desde cuándo estaban juntas. Los recuerdos siempre las incluían. En unos pocos
segundos, toda su vida pasó frente a sus ojos. Recordó así nítidamente su
niñez, en compañía, jugando. La adolescencia, las encontró también juntas,
explorando vivencias, descubriendo el sabor de lo desconocido. Tita la escuchó
siempre. Su mirada desprejuiciada la acompañó y la empujó a continuar
explorando. Su juventud atormentada, sus años adultos siempre en compañía de
Tita. Tita nunca la juzgó, nunca la hizo sonrojar, la confianza y la sinceridad
las cobijaban. Se habían construido un mundo singular. El tiempo pasó y las
arrugas vistieron su cara. A Tita el tiempo no le hizo mella. Y ahora, cansada la
vida, seguían siendo las compañeras de siempre.
Ese día hacía frío. Tita lucía su mejor vestido
y el sombrero haciendo juego, su cabello ensortijado no daba cuenta del tiempo
pasado, del camino recorrido. Ella usaba el saco negro y la pollera hasta los
tobillos, llevaba el cabello suelto y la boina hacia un lado. Otra vez esa
sensación de no querer, de no poder seguir de esta manera. Nada hacía suponer
que esta situación no era dolorosa para ella. Lo había pensado una y mil veces,
pero no creía encontrar otra solución. La vida que habían llevado juntas se
derrumbaba. El país y su situación no eran los de siempre. Ya anciana, solo la
tenía a ella y ese montón de recuerdos que todavía hoy la emocionaban.
Rodeadas de extraños, en el cambalache del
mercado, entre frutas, carnes y carteras, en medio de gritos, filas de gente y
niños jugando, Tita y ella compartían los últimos momentos juntas, esa última
charla, esas últimas confesiones antes de entregarla a cambio de unos billetes.
Una lágrima rodó por sus mejillas. Había llegado el momento….
Y se fue, huyendo, presurosa, con los cabellos
blancos, un bastón inservible, la mirada vacía, las manos cansadas, el alma destrozada
y los sueños rotos…
Y no pudo. No.
La historia de Tita es mágica, triste, pero mágica. Esa mujer/niña que se desprender de ese gran tesoro, ese lugar cálido que se atesora en el corazón que es la niñez y sus recuerdos. Y ella elige, a pesar de sus pesares de adulto, mantener consigo la inocencia de la niñez, su niñez.
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