martes, 10 de febrero de 2015

Olor a pueblo

Me gusta la gente de pueblo, eso de caminar por la calle y que todos te saluden. Me gusta que desear buen día, sea costumbre compartida. Que los chicos corran por las calles, jueguen con una pelota pinchada y corran con los perros. Me gusta que la gente salga a dar la vuelta a la plaza, que se choque con el otro, que se genere un espacio de encuentro, de charla, de sociales.


Me gusta el calor de pueblo. Las calles de tierra que al pasar el auto, vuelan el polvo. Que las zapatillas de lona, siempre blancas, se tiznen de gris. Me gusta que se siente la tierra en la boca, se ve en el ombligo y se toca en el pelo. 

Me gusta la siesta de pueblo. Ese momento sagrado de todos los días, de almacenes cerrados, de silencio a los gritos y de mandarinas recién arrancadas del árbol. Me gusta la complicidad de esa siesta, cuando los niños que no duermen, juegan en voz baja, de a puntitas de pie. La pelota se aquieta a esa hora, se detiene el tiempo, se cierran las cortinas. 

Me gusta sentirme una más del pueblo. Que me reconozcan, incluso como la extraña, que me saluden deseándome un “buen día”. Me gusta dormir la siesta a la sombra del mandarino, el agua fresca de la bomba, y la quietud de ese rato.

Me gusta el cielo de pueblo, de celestes y azules, de nubes bien blancas. Me gusta despertarme con los grillos, con las gallinas y los gallos. Disfruto la mañana de pueblo, el mate caliente en buena compañía, la galleta de campo crujiente. Disfruto la noche de pueblo, la comida casera y los porotos para marcar los puntos del juego de barajas.

Me gustan los mitos de pueblo y de campo. Eso de no dejar la pava vacía, siempre con un poco de agua; eso de los ñoquis caseros y los billetes debajo del plato; eso de no barrer de noche; del miedo a la luz mala. Me gusta la costumbre del mate, de la reunión en torno a la cocina, de mujeres revoloteando por allí. Me gusta el olor a la leña y a comida recién preparada. 

Me gusta el sonido de la risa, del cotorreo de las mujeres en la cocina, de la bomba de agua. Me gusta el ruido de la cocina económica, de la puerta siempre abierta y del viejo mosquitero. Me gusta la música de la naturaleza, sus tiempos y sus compases. 

Me gusta el olor a pueblo, eso de caminar por la tierra, llenarse de polvo, respirar ese polvo y sonarse la nariz con tierra. Me gusta el color desteñido de las paredes, el ruido de la madera crujiente de la puerta y los postigos. Me gusta ver la pared corroída, el ladrillo a la vista, el esfuerzo realizado.

Me gusta sentir el olor a lluvia en el pueblo, en el campo, y sentir el rocío de la mañana en mis pies descalzos. Me gusta la postal del pueblo llovido, de los árboles mojados y del balde con la regla para contar los centímetros que llovieron. 

Me gusta el olor a pueblo, a familia y a raíces; a perros y a zorrinos; a siesta y a sombra.



2 comentarios:

  1. Me gusta la comida de pueblo, la que está hecha en cocina de leña, esa que le imprime un gusto particular a cada alimento, los frijolitos fritos con manteca de chancho y los olores recién cortados de las maceteras del patio, me gusta comer en el plato de latón y beber en el pocillo de oreja, y si; también me gusta al final limpiar el plato con el último cachito del pan o de la tortilla, y claro ! me gusta comer con la mano, sin cubiertos, porque soy de pueblo y así se ha comido acá en la confianza de la familia desde toda la vida.

    ResponderBorrar
  2. Lindo!!!! En cada país, en cada rincón de nuestra América querida, hay olores de pueblo que nos emocionan, nos colman los sentidos, nos invaden con recuerdos, de esos que nos hacen latir! Gracias!!

    ResponderBorrar