Siempre me impactó el egoísmo. Esa necesidad de tener con nosotros, por siempre, a quien ya se está yendo. De retener, de acumular, de aprisionar. ¿Con qué fin?
En ese sentido, la naturaleza es muy sabia. Todo tiene un proceso, una forma y un espacio. Todo tiene una historia, un inicio y un desenlace. Hasta lo aprendimos en el colegio, casi sin llegar a entenderlo. Pero es así, la seño de tercer o cuarto grado tenía razón. Y aunque tampoco lo entendimos en ese momento, la vida se encarga de todo. La naturaleza se transforma en la mejor maestra, a veces se aprende por el shock, a veces por el tiempo y otras, por el cielo.
La vida fue feliz. Ella era una de esas abuelas que hacen magia. Preparaba las mejores milanesas del mundo. Otra especialidad era el pastel de papa, decorado a caminos de tenedor. Sus ñoquis eran un sueño a rayas. Creo que ambos imitaban los surcos del arado de su campo añorado, extrañado. Si hubiese escrito “gnocchi”, se hubiese reído a carcajadas. Ella sabía de la risa, del llanto y del abrazo. Ella sabía de curaciones, de rodillas raspadas y de corazones rotos.
Ella conocía los secretos del mate, tan necesario para estudiar de noche. Sabía de la importancia del otro, del amor entre hermanos. Sabía que el número siete es sagrado. Practicaba la religión y todos los domingos, la visita a sus muertos con crisantemos y claveles. Ella sabía de flores y de plantas, de amarilis y de rosas. Sabía que los animales no entran a la casa, hasta que Serafín calentó su cama.
Ella sabía de niños jugando, corriendo, y de patines para el living. Sabía de nietos y bisnietos. Nunca aprendió a prender la computadora. La asustaba la pantalla negra que su bisnieto se empeñaba en mostrarle, divertido. El teléfono inalámbrico la sorprendió, pero entendió el concepto. Las charlas por teléfono se hacían de mañana o al bajar el sol. La siesta era sagrada. Y la novela, también.
Sabía de batallas, de guerras y de esperanza. Se enfrentó al cáncer, al frío y al olvido. Vencedora, siempre. Nunca estuvo sola. Supo rodearse de afecto, de amores y de vals. Supo de caballos, de escaleras y de sueños.
Terminó el verano. Pasaron otoño e invierno duros. Y la naturaleza, sabia, fue marchitando las flores. La religión la había abandonado. Ella sola se dio cuenta. Dejó su rosario, maldijo algún día, como desquitándose, como haciendo catarsis. Pero al poco tiempo, retomó la oración para adentro, en murmullos, renovó esperanza y fe. Tal vez entendió lo que aún busco saber.
Era de esas abuelas que hacen magia. Y así fue que una tarde, en homenaje a la recién inaugurada primavera, se transformó en mariposa. La metamorfosis fue en paz y en silencio, rodeada de los que la amábamos. Y voló y es más linda y libre que nunca.
Y siempre pienso que ahí está, en ese rincón del planeta, que todavía no conocí… Creí descubrirlo muchas veces. Me acerqué sigilosa buscándola, para verla. Pero no, como tantas veces, no era allí…

El mejor relato de los hasta ahora publicados. Sos grosa! Seguí soltando tu escritura y seguí soltando tus sentimientos para con vertirlos en arte. Cada día mejor.
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